Encontrándome a mi misma

Hace un tiempo que me encuentro perdida. Mi cansancio (tanto físico como mental) y mi falta de motivación no reflejan ni tan sólo un ápice de quien realmente soy. Lo que al principio parecía una simple astenia primaveral se prolonga en el tiempo y mella aún más mi ánimo. Día tras día intento encontrar un alivio en aquello que me llenaba y me hacía tan feliz, como escribir, leer, escuchar música, pasear, disfrutar de la naturaleza… Pero hoy me empeño en ver todo eso  como algo inane, trivial, sin importancia alguna.

Quisiera plasmar tantos pensamientos, sentimientos, emociones…; pero aún así, pareciese como si el folio y yo estuviésemos en una guerra continua, yo deseando llenarlo y él resistiendo por permanecer en su impoluta blancura.

No sé qué quiero, no recuerdo qué estaba buscando, el camino hacia el que me dirigía se va llenando de brumas…  Rebusco entre todo aquello que ayer me alentaba a seguir, que llenaba mi alma con cada bocanada de aire; releo mis propios escritos sin reconocer la ilusión que una vez plasmaban. Me miro en el espejo y el reflejo me devuelve una sutil silueta de la persona que fui.

Siento tanto y  no siento nada. Mi tristeza se acomoda en el sofá y deja pasar las horas y los días, esperando que llegue la noche para dejarme abrazar por Morfeo.

Necesito volver a encontrarme. Realmente no sé en qué cruce me perdí.

“Es un magnífico primer paso el ser capaz de reconocer qué es lo que te hace feliz.”

– Lucille Ball (Comediante, actriz, modelo y productora ejecutiva estadounidense)

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Ciudadanos del mundo

Recuerdo que en mi época del colegio, coincidimos durante algunos años un compañero de raza gitana y yo. Abraham era su nombre. Durante aquella época eran bastantes los niños gitanos que estaban escolarizados; por el contrario (a no ser que esté en un error), mucho me temo que hoy en día ese porcentaje ha bajado considerablemente.

Abraham se sentaba justo detrás de mí, y por tanto, compartíamos material escolar o éramos cómplices de chivatazos. Finalizada la jornada escolar, y camino a casa, en alguna ocasión hicimos el recorrido juntos; su casa era una típica chabola en un poblado gitano situado a escasos metros del colegio. He de reconocer que, como niña que era, siempre me preguntaba cómo podía vivir en aquellas circunstancias. Y seguramente para él no eran extremadamente malas (al fin y al cabo era lo único que había conocido), y las “nuestras” las considerase como vidas de lujo y ostentación.

A las puertas de la chabola, fabricada con simples chapas de uralita, siempre estaba encendida una hoguera la cual calentaba algún puchero. Los niños más pequeños del poblado corrían descalzos entre chatarra y suciedad. Pero Abraham siempre acudía aseado y limpio a la escuela.

Unos cuántos años más tarde, ayudando a mi padre en el bar, ambos nos sorprendimos de reencontrarnos, yo detrás de la barra y él como cliente. Ante la sorpresa inicial, nos dirigimos una sonrisa sin cruzar palabra alguna, quizás por la timidez que solemos sufrir durante la adolescencia o, porque en el fondo, sabíamos que, aunque amigos, pertenecíamos a dos mundos y culturas diferentes. No sé qué habrá sido de él después de casi 30 años. Hoy en día, con un poco más de madurez a nuestras espaldas, seguro que nos gustaría reencontrarnos y recordar juntos aquellos tiempos.

Muchos años después, el destino me llevaría a una de las ciudades más cosmopolitas como es Londres. Llegaba a la gran ciudad ya casi a medianoche, y me recibía en aquella casa uno de los que sería mi nuevo compañero de piso. Cada una de las tres personas que compartiríamos alojamiento era de una nacionalidad distinta. Eso para mí no cobraba más importancia que el hecho de que, al menos, uno de ellos era mujer. Al fin y al cabo, era la primera vez que compartía alojamiento y, haberlo hecho con dos chicos me hubiese intimidado un poco. O al menos eso pensé yo en un primer momento, porque al día siguiente, y viendo por primera vez a la luz del día mi nueva casa y mi nuevo barrio, susto fue el que me llevé cuando, al oírse abrir la puerta principal de casa, asomó un chico tan oscuro que resaltaba sobre las blancas paredes. – Hola, soy Denisse, encantado de conocerte.- Me dijo. Y es que el susto no fue tanto por su color del piel, sino porque desde un primer momento pensé que Denisse era nombre de chica. Eso significaba que mis preludios se venían abajo y sería la única fémina de la casa. Pero aquella experiencia no pudo haber sido más satisfactoria. Pronto se forjó una abierta comunicación entre los tres, compartiendo sobre todo nuestras costumbres y cultura.

A partir de ahí, me sorprendió gratamente que en la empresa para la que iba a trabajar, cada un@ éramos de una parte del mundo, lo que unía razas, culturas, idiomas y banderas de diferentes colores. Españoles, franceses, rumanos, hindúes, húngaros y un largo etc. Aún conservo alguna fotografía de aquellas reuniones de compañeros que se convertían en verdaderas fiestas de amigos.

Y todos estos recuerdos me han venido de repente porque, apenas hace tres meses que, jubilado el hombre que llevaba la pequeña tienda que está justo debajo de mi casa, la cogió de traspaso un hindú. Cada día me saluda con una amplia sonrisa, – Buenos días Cris, ¿dónde vas tan temprano?, y así empezamos a entablar una conversación. Es simpático y educado, pero lo que más me llama la atención es que, habiendo dejado su país hace 20 años y vivido en diferentes países, se considera un “Feliz ciudadano del mundo”. – Y es que soy realmente feliz Cris. Soy el hombre más feliz del mundo.

Pero el otro día me quedé triste, porque conversando nuevamente con él, me confesó que tras tres meses de trabajo, le estaba costando mucho hacer clientela. Considera que la gente de esta zona somos muy fríos (y esto no me lo tomé mal por el hecho de que es algo que siempre he oído), y que nota que, cuando la gente se da cuenta de su origen, hay un cierto racismo velado. Y esto, particularmente, me produjo una gran tristeza. Porque todos somos ciudadanos del mundo.

“Detesto el racismo, porque lo veo como algo barbárico, ya venga de un hombre negro o un hombre blanco.”

– Nelson Mandela

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Soberbia

Recuerdo lo que me sucedió aquel día en el que, estando de baja, fui a llevar el parte médico a la empresa. Y no es que imaginase que aquella iba a ser la única ocasión en que me sucediese algo así, pues si ya antes me había ocurrido, ésta tampoco sería la última. Pero aún hoy lo recuerdo con tanta nitidez como si hubiese sido ayer. E imagino que, debido al ejemplo que he recibido de mis padres, será algo que siempre tenga en la memoria.

Y es que yo, mujer menuda donde las haya y con estudios de Grado Medio como otr@ cualquiera, no me considero ni más ni menos que nadie.

Bueno, aquí he tenido que hacer una pausa debido a que mi cabeza no ha parado de darle vueltas al hecho de si esto que acabo de afirmar es cierto o no; y es que digamos que sólo lo es al 50%. Y me gustaría poder decir que el motivo no es otro que mi gran autoestima, pero aquí ya empezaría a tener otro problema como sería la mentira. Así que, para ser sincera, mi autoestima deja mucho que desear. Y es que cada día me pongo mi coraza para comerme el mundo, sólo en “defensa propia” con el fin de que no sea yo el alimento.

Así es como, con un poco de envidia o sorpresa (según el caso y el grado) veo como alguna gente a mi alrededor cree firmemente que el mundo gira con su ombligo como epicentro.

Y, volviendo al caso que empecé relatando, sucedió que, en una de esas ocasiones, me encontré en la entrada a uno de los chicos de mantenimiento ocupado en sus labores. Amablemente, me preguntó por cómo me encontraba y entablamos una conversación. En la despedida, nos dimos un abrazo afectuoso y cada uno emprendió de nuevo su camino. Ya en el departamento de personal, comenté que había estado hablando con Mario, a lo que la administrativa me dirigió una mirada de sorpresa. Según ella, no había ningún Mario en la empresa. Ante mi insistencia, preguntó a su compañera, quien reafirmó su contestación. Fue entonces cuando empecé a sentirme muy insegura, pues durante años había estado llamándole así y nunca me había advertido de mi supuesto error. Entre un poco de inseguridad y otro tanto de vergüenza, les pregunté entonces por el nombre del chico de mantenimiento. ¡Ah, Mario, el obrero! ¿Tú hablas con los obreros?. – Me preguntó con sorpresa.

Aún hoy lo recuerdo con tristeza e incredulidad. Me di cuenta de que, simplemente por ser los empleados de mantenimiento, estaban desterrados a otra clase social, a algún eslabón inferior, cuando ellas eran simples administrativas. Por si a alguien le queda la duda de cuál fue mi contestación, he de decir que no hubo ninguna. Fue tal mi asombro que no encontré palabra adecuada en mi cabeza que pudiese estar a la altura de semejante pregunta.

Y es que, en realidad, a estas alturas ya debería de estar curada de espanto en lo que a esta cuestión se refiere, pues fue en otra época, no tan remota como yo quisiera, en la que el eslabón perdido era yo. Por aquel entonces, día tras día, mi jefa me hacía saber su opinión acerca de mi apariencia física o mi inteligencia. Después de un año, y en un momento de muy baja autoestima, me di cuenta de que de alguna manera, empezaba a tener razón. Mi apariencia física y mi inteligencia empezaban a mermar a medida que pasaba el tiempo en aquel lugar, así que presenté mi dimisión. Pero, por muy increíble que pueda parecer, a un@ siempre le queda alguna remota posibilidad de encontrarse de nuevo con una de esas personas que llevan la soberbia por bandera.

Mi consejo: ¡CORRAN!

“La soberbia es una discapacidad que suele afectar a Pobres Infelices Mortales, que se encuentran de golpe con una miserable cuota de Poder.”
– José de San Martín

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