Encontrándome a mi misma

Hace un tiempo que me encuentro perdida. Mi cansancio (tanto físico como mental) y mi falta de motivación no reflejan ni tan sólo un ápice de quien realmente soy. Lo que al principio parecía una simple astenia primaveral se prolonga en el tiempo y mella aún más mi ánimo. Día tras día intento encontrar un alivio en aquello que me llenaba y me hacía tan feliz, como escribir, leer, escuchar música, pasear, disfrutar de la naturaleza… Pero hoy me empeño en ver todo eso  como algo inane, trivial, sin importancia alguna.

Quisiera plasmar tantos pensamientos, sentimientos, emociones…; pero aún así, pareciese como si el folio y yo estuviésemos en una guerra continua, yo deseando llenarlo y él resistiendo por permanecer en su impoluta blancura.

No sé qué quiero, no recuerdo qué estaba buscando, el camino hacia el que me dirigía se va llenando de brumas…  Rebusco entre todo aquello que ayer me alentaba a seguir, que llenaba mi alma con cada bocanada de aire; releo mis propios escritos sin reconocer la ilusión que una vez plasmaban. Me miro en el espejo y el reflejo me devuelve una sutil silueta de la persona que fui.

Siento tanto y  no siento nada. Mi tristeza se acomoda en el sofá y deja pasar las horas y los días, esperando que llegue la noche para dejarme abrazar por Morfeo.

Necesito volver a encontrarme. Realmente no sé en qué cruce me perdí.

“Es un magnífico primer paso el ser capaz de reconocer qué es lo que te hace feliz.”

– Lucille Ball (Comediante, actriz, modelo y productora ejecutiva estadounidense)

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Nuestra relación con los demás

Desde que nacemos empezamos a establecer vínculos afectivos. Incluso antes del momento del nacimiento, a través de los sonidos que percibimos desde el útero materno, ya reconocemos la voz de nuestros padres. Y a medida que crecemos, nos sostenemos en las interacciones familiares y personas cercanas, sobre las que se van creando nuestros sentimientos y emociones.
Por otra parte, en nuestra infancia, como seres inocentes que somos, nos creamos también un mundo idílico, donde siempre estaremos rodeados de esas personas y no existen los problemas. ¿Acaso vivimos la preocupación de nuestros padres cuando invirtieron sus pequeños ahorros en un negocio propio?  ¿O cuando se hipotecaron en la compra de su primera vivienda? Sí, es cierto, dependiendo de la infancia vivida por cada uno de nosotros y de nuestros recuerdos, tendremos miles de experiencias, pero lo habitual es que estuviésemos viviendo como niños ajenos a todo eso.
Luego, a medida que vamos creciendo y madurando, vamos siendo más conscientes de que ese mundo que nos imaginábamos no era tal y como parecía, e incluso que el “mundo de los  mayores” es bastante complicado. Según van pasando los años y nos vamos sumergiendo en ese “mundo de adultos”, vamos aprendiendo acerca de esa complejidad. Cada vez se nos plantean más retos, más obstáculos, más opciones entre las que elegir, y más dudas. Y también vamos formando nuestro “círculo de confianza”.  He aquí cuando nos damos cuenta de que quizás, esas personas con quienes estuvimos tan cercanas y nos  marcaron tanto durante nuestra infancia forman parte del pasado por diferentes motivos, y sin embargo, otras con quienes no tenemos ningún vínculo familiar son hoy nuestro soporte. Porque, indudablemente, también en el tema de la familia idealizamos. Después surgen múltiples circunstancias por las que eso se convierte en algo lejano: problemas en las relaciones, distancia, indiferencia… O simplemente te das cuenta de que el vínculo de sangre no te obliga a mantener esa relación. ¿Qué más da cuál sea el motivo? Lo importante es darnos cuenta de ello; de valorar a esas personas que están ahí “con o sin” obligación para lo bueno y para lo malo; que a pesar de tu multitud de momentos bajos están ahí, y en los alegres son los primeros en festejarlo y alegrarse por ti. De quien te llama tan solo para contarte el peor chiste del mundo, te manda un whatsapp con algún emoticono gracioso para desearte los buenos días, o simplemente se presenta ante tu puerta con el único fin de escucharte. Eso no viene en ningún “Manual de instrucciones para familias”. Las mejores relaciones son las que surgen de pequeños grandes momentos, y a partir de ahí creamos  nuestra “Familia afectiva”. Aquella que involucra a nuestra familia más cercana y a esa “otra familia” que te vas encontrando por el camino. Y así vamos conformando nuestra relación con los demás, que marcará nuestra vida emocional. Aquella en la cual, cuando alguien se va, sientes un desgarro en lo más profundo de tu corazón.

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La oscuridad

Desde pequeños nos han enseñado el significado de las palabras utilizando antónimos; por ejemplo, blanco y negro, alto y bajo, gordo y delgado, guapo y feo, y siempre entendiendo que uno de ellos era el ejemplo a seguir y el opuesto el que debíamos rechazar. ¿Es esto una certeza absoluta?  ¿Qué pasa, por ejemplo, acerca de la luz y la oscuridad?  ¿Por qué asociamos  la luz con la alegría, la salud, el bienestar y  la oscuridad con todo lo contrario, las sombras y las tinieblas?  ¿Alguien alguna vez no se ha visto atraído por haber encontrado un escondrijo oculto  o incluso la boca de una cueva y no se ha podido resistir a adentrarse en la oscuridad  y sentirse un explorador?  Entonces, ¿por qué no utilizar ahora, de adultos, los mismos recursos para adentrarnos en nuestro interior y sentirnos de nuevo exploradores?  La oscuridad tiene esa sorprendente magia;  ese momento en el cual nos encontramos solos, pero a la vez nos encontramos nada más y nada menos que con nosotros mismos. ¿Hay acaso mejor hallazgo?
Ese instante en el cual te haces consciente de ti mismo, de tus sentimientos, emociones; ríes o lloras ante algún recuerdo, pero siempre al final te sientes liberad@ de esa pesada carga o te sientes llen@ de energía nueva, pero en cualquier caso, te sientes mejor por haber conectado con lo más interno de ti… Como si hubieras entrado en esa oscura cueva y hubieses encontrado el mayor de los tesoros, a ti mismo.

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