Depende

Supongo que, a cualquiera que esté leyendo este post, le es familiar el hecho de que  ante una misma situación, cada uno puede verla o vivirla de una manera totalmente opuesta. Y es que cada uno de nosotros es tan diferente, tan único, que hasta un mismo cuadro nos puede evocar emociones encontradas, de un mismo libro sacaremos diferentes aprendizajes, y así,  todo lo que nos sea posible imaginar.

Cada vez que me pongo frente al ordenador con el propósito de escribir un relato, me lleva un tiempo meditar qué  me apetece contar en ese momento según mi estado de ánimo, y cuido mucho sobre cómo las palabras pueden llegar a quien las esté leyendo.  Y es que, en el mismo caso, éstas pueden ser interpretadas de tantas maneras….

Mi mente retrocede de nuevo muchos años atrás, a mi época escolar, cuando me daban la nota de un examen y con un notable volvía triste a casa. Recuerdo que era tal mi estado de frustración que me “autoflagelaba” mentalmente imponiéndome a mi misma aumentar las horas de estudio y mejorar la nota en el próximo examen. Doy gracias a que ahí estaban mis padres para aportar un poco de “cordura” a tal desánimo (prometo que esto ha sido totalmente improvisado y nada relacionado con el anterior post), y me hacían ver la realidad de la situación. Ellos eran conscientes del esfuerzo que hacía en los estudios, y si bien mis notas podían ser mejores, también sabían mi nivel de autoexigencia. No era cuestión de estirar más la cuerda. Lo que para mí resultaba ser pésimo, para ellos era una gran satisfacción.

Si contase más sobre mí a este respecto, supongo que a muchos les resultaría una persona con un nivel de perfeccionismo excesivo, y lo que es peor, tendrían razón, así que voy a intentar generalizar un poco más en el asunto.

Nos encontramos en una situación similar con el simple acto de mirarnos a un espejo. Y es que todo depende del tipo de espejo en el que nos estemos mirando. Si se trata de un espejo normal, proyectará nuestra imagen tal cual es, sin más aditivos. Pero, ¿qué sucede cuando nos ponemos de nuevo frente a un espejo cóncavo  y otro convexo?. Es cuanto menos sorprendente cómo nuestra silueta puede cambiar de forma tan rápida y radical. Sin movernos del punto en el que nos encontramos, nos veremos más grandes, gordos y cercanos o, por el contrario, pequeños, delgados y alejados. ¡Y obviamente no hemos cambiado de cuerpo!
De alguna manera, así actuamos en determinadas ocasiones, influidos por el estrés, la ansiedad, las exigencias del día a día; de nuestras expectativas, la de los demás y de un sinfín de circunstancias. Y es que, al fin y al cabo todo depende. Hoy nos puede parecer que el día está nublado, pero eso depende tan sólo de con qué lo comparemos. Está bien, hay alguna nube y ayer hizo un día radiante de sol pero, ¿por qué tiene que ser peor así?. El día nos sorprende con nuevos momentos extraordinarios. Quizás no sea la jornada perfecta para tomar el sol, pero la vida te regala multitud de oportunidades las cuales es posible que no aproveches cuando el sol te invita a salir. Día de compras, lectura, de relax con una suave música de fondo…. Hasta las nubes te brindan oportunidades que puede que no hayas visto hasta ahora.

Estos últimos días me encuentro realmente agotada físicamente. Mi cuerpo se queja con dolor a cada pequeño movimiento, y mi cansancio es tal que parece que hubiese escalado el Himalaya. Seguramente te estarás preguntando el motivo, y éste no es más que haber dado unos cuantos paseos por el pueblo, haber tomado el sol plácidamente y haber permanecido sentada durante noventa minutos viendo una vuelta ciclista pasar. Esto puede sorprender, pero el fondo de todo no es otro que el estado letárgico al que mi cuerpo se ha visto sometido durante tantos años. Y ahora toca desperezarlo gradualmente, poco a poco, como el niño que empieza a andar. Podría ver ésta situación como algo molesta (y lo es realmente), pero prefiero ir despertando al mundo antes que estar como Cenicienta esperando un príncipe que nunca va a aparecer.

Y es que, nos guste o no nos guste, todo depende del cristal con que se mire.

“Todo depende de cómo vemos las cosas y no de como son en realidad.”

– Carl Gustav Jung

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El lavadero

Es curioso cómo, cuando somos pequeños, nos atraen con una fuerza poderosa todos los quehaceres de los mayores. Llega un momento en que queremos crecer con gran rapidez para desempeñar ese oficio o tarea que ha atraído tanta atención sobre nosotros, hasta tal punto, que un día sorprendemos a nuestra madre con la pregunta de cuándo nos vamos a hacer mayores. Como si, día tras día, nos levantásemos de la cama con la esperanza de mirarnos en el espejo y ver de repente reflejada una imagen a la que, presuntamente, le queda algún rasgo mínimo de nuestro rostro infantil.

Cuántas veces pudimos jugar al juego típico de médicos y enfermeras, policías, maestros y un largo etc. Pero, aparte de utilizar nuestra imaginación, también, y sobre todo, estamos influidos por lo que vemos día a día. Así, recuerdo pasarme tardes enteras jugando subida sobre una caja de bebidas y utilizando como fogón las cubas de vino que mi padre tenía almacenadas afuera del bar. Cortaba hojas grandes de un arbusto que había en la parte trasera de la tienda, y ayudada por un “cuchillo” de madera que me había fabricado un cliente, me convertía en la chef de un imaginario restaurante. Tal llegó a ser mi afición por el juego que, día tras día, y habitualmente a la misma hora, pasaba el camión de la basura una vez finalizada la jornada. Bajaba por una carretera secundaria, por lo que, raro era el día que el semáforo en rojo no le hiciese parar a mi altura. Hasta que un día, y ante la asiduidad de verme allí tan ajetreada con mis “pucheros”, el conductor me preguntó que había para comer. Yo, niña que no se caracterizaba por su timidez precisamente, contestaba lo primero que se me ocurría, hasta convertirse aquello en una costumbre habitual. Al día siguiente, ya tenía pensado el “menú” para que, aquel simpático conductor, no me pillase desprevenida.

Entre otras muchas “profesiones”, desempeñé durante una temporada aquella tan desprestigiada como es la de ser “ama de casa”. ¿Quién no ha pasado también por esa fase?. Y sin embargo, ya de adultos, no la vemos como una tarea tan atractiva, sino más bien tediosa. Pero entonces resultaba tan fácil y divertido… Todas las tareas consistían en lavar mi plato y mi vaso, o poner la mesa, o secar los platos de la vajilla. De esa manera, me convencía a mi misma de lo fácil que resultaba aquello.

Así pues, cuando estaba en el pueblo, habituaba de vez en cuando a mirar en el balde de ropa sucia para ver si encontraba alguna prenda no demasiado grande e ir corriendo con ella y la pastilla de jabón Chimbo al lavadero vecinal. Entonces, sola o acompañada de alguna vecina, empezaba a lavar aquella prenda “robada” a escondidas de mi abuela. Alguna vez me vi en algún apuro, como cuando se me resbalaba al fondo del lavadero la pastilla de jabón. Entonces corría al portal de casa a coger el rastrillo con el que, a tientas, iba “rastreando” el fondo del lavadero por donde calculaba había caído mi preciado tesoro. Dependiendo del tamaño de la pastilla (si ésta era nueva o estaba más o menos gastada), esto podía ser un tanto laborioso. En otras ocasiones, era alguna vecina quien me pedía que le “atrapase” la pastilla, (la cual, si no eras rápida en ello, enseguida se iba deshaciendo), o alguna prenda de ropa que se había sumergido hasta el fondo.

En algunas de esas ocasiones, los turistas nos hacían fotos atraídos por tal faena realizada en tan singular lugar. Al fin y al cabo, no se veían muchos lavaderos tan típicos como aquel. A algunas vecinas no les hacía demasiada gracia ser fotografiadas ante la perspectiva de poder ser expuestas en algún medio público, como en más de una vez sucedió. Yo, en cambio, posaba para la cámara simulando estar enfrascada en tan ardua tarea. Y día tras día, regresaba al lavadero en busca de alguna pequeña prenda que restregar; o me subía a una de las pilas para escalar hasta el ventanal que daba al bebedero donde alguna vaca había acudido a saciar su sed. Y allí sigue impertérrito, viendo el tiempo pasar, el lavadero de mi infancia.

“Las tareas de casa hechas con una sonrisa no son tan malas. Dibuja la tuya.”

– Anónimo

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Soberbia

Recuerdo lo que me sucedió aquel día en el que, estando de baja, fui a llevar el parte médico a la empresa. Y no es que imaginase que aquella iba a ser la única ocasión en que me sucediese algo así, pues si ya antes me había ocurrido, ésta tampoco sería la última. Pero aún hoy lo recuerdo con tanta nitidez como si hubiese sido ayer. E imagino que, debido al ejemplo que he recibido de mis padres, será algo que siempre tenga en la memoria.

Y es que yo, mujer menuda donde las haya y con estudios de Grado Medio como otr@ cualquiera, no me considero ni más ni menos que nadie.

Bueno, aquí he tenido que hacer una pausa debido a que mi cabeza no ha parado de darle vueltas al hecho de si esto que acabo de afirmar es cierto o no; y es que digamos que sólo lo es al 50%. Y me gustaría poder decir que el motivo no es otro que mi gran autoestima, pero aquí ya empezaría a tener otro problema como sería la mentira. Así que, para ser sincera, mi autoestima deja mucho que desear. Y es que cada día me pongo mi coraza para comerme el mundo, sólo en “defensa propia” con el fin de que no sea yo el alimento.

Así es como, con un poco de envidia o sorpresa (según el caso y el grado) veo como alguna gente a mi alrededor cree firmemente que el mundo gira con su ombligo como epicentro.

Y, volviendo al caso que empecé relatando, sucedió que, en una de esas ocasiones, me encontré en la entrada a uno de los chicos de mantenimiento ocupado en sus labores. Amablemente, me preguntó por cómo me encontraba y entablamos una conversación. En la despedida, nos dimos un abrazo afectuoso y cada uno emprendió de nuevo su camino. Ya en el departamento de personal, comenté que había estado hablando con Mario, a lo que la administrativa me dirigió una mirada de sorpresa. Según ella, no había ningún Mario en la empresa. Ante mi insistencia, preguntó a su compañera, quien reafirmó su contestación. Fue entonces cuando empecé a sentirme muy insegura, pues durante años había estado llamándole así y nunca me había advertido de mi supuesto error. Entre un poco de inseguridad y otro tanto de vergüenza, les pregunté entonces por el nombre del chico de mantenimiento. ¡Ah, Mario, el obrero! ¿Tú hablas con los obreros?. – Me preguntó con sorpresa.

Aún hoy lo recuerdo con tristeza e incredulidad. Me di cuenta de que, simplemente por ser los empleados de mantenimiento, estaban desterrados a otra clase social, a algún eslabón inferior, cuando ellas eran simples administrativas. Por si a alguien le queda la duda de cuál fue mi contestación, he de decir que no hubo ninguna. Fue tal mi asombro que no encontré palabra adecuada en mi cabeza que pudiese estar a la altura de semejante pregunta.

Y es que, en realidad, a estas alturas ya debería de estar curada de espanto en lo que a esta cuestión se refiere, pues fue en otra época, no tan remota como yo quisiera, en la que el eslabón perdido era yo. Por aquel entonces, día tras día, mi jefa me hacía saber su opinión acerca de mi apariencia física o mi inteligencia. Después de un año, y en un momento de muy baja autoestima, me di cuenta de que de alguna manera, empezaba a tener razón. Mi apariencia física y mi inteligencia empezaban a mermar a medida que pasaba el tiempo en aquel lugar, así que presenté mi dimisión. Pero, por muy increíble que pueda parecer, a un@ siempre le queda alguna remota posibilidad de encontrarse de nuevo con una de esas personas que llevan la soberbia por bandera.

Mi consejo: ¡CORRAN!

“La soberbia es una discapacidad que suele afectar a Pobres Infelices Mortales, que se encuentran de golpe con una miserable cuota de Poder.”
– José de San Martín

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La tienda

Mi padre tuvo un Bar-Ultramarinos durante casi cincuenta años, por lo que esa es otra referencia que me queda desde que tengo uso de razón. Aún me quedan muchísimos recuerdos de ese lugar. Jornada a jornada y año tras año, mi padre se levantaba a las seis de la mañana para ir a un mercado para autónomos donde solía comprar la fruta y la verdura. En cuanto a mí, todos los días, cuando salía a mediodía del colegio, pasaba por allí para darle un beso a mi padre e ir con mi madre a casa a comer. Solía haber mucha gente a esa hora, pues lo clientes de siempre iban a tomar los vermuts y los blancos. Mi padre los agasajaba con pinchos de embutidos, pasando la bandeja por la barra y por las distintas mesas donde los asiduos jugaban a los dados. En esos momentos ajetreados, yo disfrutaba en la calle de algún juego en solitario mientras esperaba la llamada de mi madre para ir a comer.

Cada día mi madre y yo comíamos juntas, mientras mi hermana aún no había regresado del instituto y mi padre, en un ir y venir sirviendo a la clientela, confiaba en que no se retrasase mucho el “relevo” para poder tomarse un merecido descanso.

Después de comer, regresábamos al bar y mi padre ya estaba sirviendo los cafés (en algunos casos acompañados de copa y puro), mientras varios clientes ya habían comenzado la partida diaria. Entretanto, yo le pedía cinco pesetas para comprar alguna chuche en el kiosco del colegio, que si bien en la tienda disponía de un gran surtido, siempre había alguna con la que mi padre no había contado (entre ellas, los chupachups de kojak).

Terminada la jornada escolar, y antes de ir a casa y ponerme con las tareas escolares, regresaba de nuevo a la tienda y, después del gran abrazo a mis padres, me solía sentar con algún cliente apartado en la última mesa del rincón y jugábamos a ver quién sacaba la carta más alta o sumaba más puntos a los dados.

Los fines de semana eran especiales, pues podía ir por la mañana a la tienda y disfrutar viendo cómo las mujeres hacían la compra diaria. La aguja de aquella vieja báscula no hacía más que moverse de un lado a otro, mientras que yo me sorprendía de la agilidad con la que mis padres hacían los cálculos mentales. Así, iban pasando una clienta tras otra hasta bien superado el mediodía, entre compras de barras de pan, frutas, verduras, embutidos, yogures o productos de limpieza. Tal era mi embelesamiento ante tal trajín, que recuerdo subir un día a casa de una vecina y preguntarle que, si necesitaba hacer alguna compra, yo le iría encantada a por el recado. Así, con la lista en una mano y dinero en la otra, me puse a hacer cola en la tienda de mi padre. Él, imaginando que estaba allí de pie tan sólo observando, (como habitualmente solía hacer), no se percató de mis intenciones; pero al terminar con una clienta pedí el turno. Aún recuerdo a la perfección la carcajada que soltó, y pensando que era una broma, contesté: “¡Que me lo ha encargado Adelaida”!. Fue entonces cuando, por primera vez, vi a mi padre y a su báscula desde el otro lado. Por un momento me sentí feliz, una “chica mayor” que iba a hacer los recados. Yo hacía el pedido y la báscula no dejaba de mover el péndulo: “Un kilo de naranjas, un kilo de melocotones….”. Al terminar la compra, con la bolsa bien agarrada en una mano y la vuelta en la otra, subí la empinada cuesta hasta la casa de Adelaida quien, con una gran sonrisa, me agradecía haber tenido ese detalle. Sin embargo, era yo la agradecida por haberme ayudado a “sentirme mayor” aunque sólo hubiese sido ocasionalmente.

Y así, en cada parte de mi memoria, en cada momento, en cada recuerdo, tengo a mis padres presentes.

“No me cabe concebir ninguna necesidad tan importante durante la infancia de una persona que la necesidad de sentirse protegido por un padre.”

– Sigmund Freud

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