La tienda

Mi padre tuvo un Bar-Ultramarinos durante casi cincuenta años, por lo que esa es otra referencia que me queda desde que tengo uso de razón. Aún me quedan muchísimos recuerdos de ese lugar. Jornada a jornada y año tras año, mi padre se levantaba a las seis de la mañana para ir a un mercado para autónomos donde solía comprar la fruta y la verdura. En cuanto a mí, todos los días, cuando salía a mediodía del colegio, pasaba por allí para darle un beso a mi padre e ir con mi madre a casa a comer. Solía haber mucha gente a esa hora, pues lo clientes de siempre iban a tomar los vermuts y los blancos. Mi padre los agasajaba con pinchos de embutidos, pasando la bandeja por la barra y por las distintas mesas donde los asiduos jugaban a los dados. En esos momentos ajetreados, yo disfrutaba en la calle de algún juego en solitario mientras esperaba la llamada de mi madre para ir a comer.

Cada día mi madre y yo comíamos juntas, mientras mi hermana aún no había regresado del instituto y mi padre, en un ir y venir sirviendo a la clientela, confiaba en que no se retrasase mucho el “relevo” para poder tomarse un merecido descanso.

Después de comer, regresábamos al bar y mi padre ya estaba sirviendo los cafés (en algunos casos acompañados de copa y puro), mientras varios clientes ya habían comenzado la partida diaria. Entretanto, yo le pedía cinco pesetas para comprar alguna chuche en el kiosco del colegio, que si bien en la tienda disponía de un gran surtido, siempre había alguna con la que mi padre no había contado (entre ellas, los chupachups de kojak).

Terminada la jornada escolar, y antes de ir a casa y ponerme con las tareas escolares, regresaba de nuevo a la tienda y, después del gran abrazo a mis padres, me solía sentar con algún cliente apartado en la última mesa del rincón y jugábamos a ver quién sacaba la carta más alta o sumaba más puntos a los dados.

Los fines de semana eran especiales, pues podía ir por la mañana a la tienda y disfrutar viendo cómo las mujeres hacían la compra diaria. La aguja de aquella vieja báscula no hacía más que moverse de un lado a otro, mientras que yo me sorprendía de la agilidad con la que mis padres hacían los cálculos mentales. Así, iban pasando una clienta tras otra hasta bien superado el mediodía, entre compras de barras de pan, frutas, verduras, embutidos, yogures o productos de limpieza. Tal era mi embelesamiento ante tal trajín, que recuerdo subir un día a casa de una vecina y preguntarle que, si necesitaba hacer alguna compra, yo le iría encantada a por el recado. Así, con la lista en una mano y dinero en la otra, me puse a hacer cola en la tienda de mi padre. Él, imaginando que estaba allí de pie tan sólo observando, (como habitualmente solía hacer), no se percató de mis intenciones; pero al terminar con una clienta pedí el turno. Aún recuerdo a la perfección la carcajada que soltó, y pensando que era una broma, contesté: “¡Que me lo ha encargado Adelaida”!. Fue entonces cuando, por primera vez, vi a mi padre y a su báscula desde el otro lado. Por un momento me sentí feliz, una “chica mayor” que iba a hacer los recados. Yo hacía el pedido y la báscula no dejaba de mover el péndulo: “Un kilo de naranjas, un kilo de melocotones….”. Al terminar la compra, con la bolsa bien agarrada en una mano y la vuelta en la otra, subí la empinada cuesta hasta la casa de Adelaida quien, con una gran sonrisa, me agradecía haber tenido ese detalle. Sin embargo, era yo la agradecida por haberme ayudado a “sentirme mayor” aunque sólo hubiese sido ocasionalmente.

Y así, en cada parte de mi memoria, en cada momento, en cada recuerdo, tengo a mis padres presentes.

“No me cabe concebir ninguna necesidad tan importante durante la infancia de una persona que la necesidad de sentirse protegido por un padre.”

– Sigmund Freud

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Nuestra relación con los demás

Desde que nacemos empezamos a establecer vínculos afectivos. Incluso antes del momento del nacimiento, a través de los sonidos que percibimos desde el útero materno, ya reconocemos la voz de nuestros padres. Y a medida que crecemos, nos sostenemos en las interacciones familiares y personas cercanas, sobre las que se van creando nuestros sentimientos y emociones.
Por otra parte, en nuestra infancia, como seres inocentes que somos, nos creamos también un mundo idílico, donde siempre estaremos rodeados de esas personas y no existen los problemas. ¿Acaso vivimos la preocupación de nuestros padres cuando invirtieron sus pequeños ahorros en un negocio propio?  ¿O cuando se hipotecaron en la compra de su primera vivienda? Sí, es cierto, dependiendo de la infancia vivida por cada uno de nosotros y de nuestros recuerdos, tendremos miles de experiencias, pero lo habitual es que estuviésemos viviendo como niños ajenos a todo eso.
Luego, a medida que vamos creciendo y madurando, vamos siendo más conscientes de que ese mundo que nos imaginábamos no era tal y como parecía, e incluso que el “mundo de los  mayores” es bastante complicado. Según van pasando los años y nos vamos sumergiendo en ese “mundo de adultos”, vamos aprendiendo acerca de esa complejidad. Cada vez se nos plantean más retos, más obstáculos, más opciones entre las que elegir, y más dudas. Y también vamos formando nuestro “círculo de confianza”.  He aquí cuando nos damos cuenta de que quizás, esas personas con quienes estuvimos tan cercanas y nos  marcaron tanto durante nuestra infancia forman parte del pasado por diferentes motivos, y sin embargo, otras con quienes no tenemos ningún vínculo familiar son hoy nuestro soporte. Porque, indudablemente, también en el tema de la familia idealizamos. Después surgen múltiples circunstancias por las que eso se convierte en algo lejano: problemas en las relaciones, distancia, indiferencia… O simplemente te das cuenta de que el vínculo de sangre no te obliga a mantener esa relación. ¿Qué más da cuál sea el motivo? Lo importante es darnos cuenta de ello; de valorar a esas personas que están ahí “con o sin” obligación para lo bueno y para lo malo; que a pesar de tu multitud de momentos bajos están ahí, y en los alegres son los primeros en festejarlo y alegrarse por ti. De quien te llama tan solo para contarte el peor chiste del mundo, te manda un whatsapp con algún emoticono gracioso para desearte los buenos días, o simplemente se presenta ante tu puerta con el único fin de escucharte. Eso no viene en ningún “Manual de instrucciones para familias”. Las mejores relaciones son las que surgen de pequeños grandes momentos, y a partir de ahí creamos  nuestra “Familia afectiva”. Aquella que involucra a nuestra familia más cercana y a esa “otra familia” que te vas encontrando por el camino. Y así vamos conformando nuestra relación con los demás, que marcará nuestra vida emocional. Aquella en la cual, cuando alguien se va, sientes un desgarro en lo más profundo de tu corazón.

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