Encontrándome a mi misma

Hace un tiempo que me encuentro perdida. Mi cansancio (tanto físico como mental) y mi falta de motivación no reflejan ni tan sólo un ápice de quien realmente soy. Lo que al principio parecía una simple astenia primaveral se prolonga en el tiempo y mella aún más mi ánimo. Día tras día intento encontrar un alivio en aquello que me llenaba y me hacía tan feliz, como escribir, leer, escuchar música, pasear, disfrutar de la naturaleza… Pero hoy me empeño en ver todo eso  como algo inane, trivial, sin importancia alguna.

Quisiera plasmar tantos pensamientos, sentimientos, emociones…; pero aún así, pareciese como si el folio y yo estuviésemos en una guerra continua, yo deseando llenarlo y él resistiendo por permanecer en su impoluta blancura.

No sé qué quiero, no recuerdo qué estaba buscando, el camino hacia el que me dirigía se va llenando de brumas…  Rebusco entre todo aquello que ayer me alentaba a seguir, que llenaba mi alma con cada bocanada de aire; releo mis propios escritos sin reconocer la ilusión que una vez plasmaban. Me miro en el espejo y el reflejo me devuelve una sutil silueta de la persona que fui.

Siento tanto y  no siento nada. Mi tristeza se acomoda en el sofá y deja pasar las horas y los días, esperando que llegue la noche para dejarme abrazar por Morfeo.

Necesito volver a encontrarme. Realmente no sé en qué cruce me perdí.

“Es un magnífico primer paso el ser capaz de reconocer qué es lo que te hace feliz.”

– Lucille Ball (Comediante, actriz, modelo y productora ejecutiva estadounidense)

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La fuerza reparadora de un abrazo

Cualquiera que se asomara hoy a la ventana y no fuera consciente de la estación en la que estamos juraría que era pleno otoño. Después de unas jornadas de calor sofocante, amaneció prometiendo otro magnífico día de agosto; sin embargo, las nubes cubrieron el cielo y pronto empezó a diluviar. Y aquí en la montaña, los cambios de temperatura a veces son tan drásticos que se puede pasar en horas de la búsqueda de refugio a la sombra a la necesidad de acurrucarse al calor de una manta en el sofá. Ahora puedo decir que tampoco se está tan mal frente a la chimenea y tratando de contar cómo me siento hoy.

Siempre que en el colegio me mandaban hacer una redacción recuerdo que lo odiaba; un tema obligatorio me parecía una tortura. Sin embargo hoy en día, sin obligaciones sobre el qué contar, para mí las palabras fluyen rápidamente como una forma de exteriorizar lo que pasa por mi mente, imaginando que tuviese a alguien enfrente que conectase con mis emociones. Alguien quien, leyendo estas palabras, pensase “a mí me sucede igual” o “entiendo lo que quieres decir ”. Y eso simplemente para mí ya vale la pena, me libera, me descarga del peso de mi gran mochila.

Y quería contar hoy la fuerza reparadora que tiene un simple abrazo, más aún cuando este es totalmente inesperado. Ayer al despertar me sorprendieron así mis dos sobrinos. El mejor regalo que podía recibir. No soy dada a tener mucho contacto físico, pero en este caso, hablo del valor terapéutico del abrazo. Y es que, mientras me sentía abrazada por dos personas a las que quiero tanto, mi deseo era permanecer así para siempre. Inmortalizar ese momento. Sentir su cariño, su calor, ese abrazo que aunque aparentemente signifique un simple “te quiero “ a la vez significa tanto que es imposible ponerle palabras. El amor incondicional. El abrazo de “ahora estoy aquí contigo”. La fuerza reparadora de un simple abrazo.

“Un día alguien te va a abrazar tan fuerte que todas tus partes rotas se juntaran de nuevo.”
-Alejandro Jodorowsky-

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Momentos difíciles

Cuando menos lo esperamos todo puede dar un giro de 180 grados. En tan sólo un segundo todo puede cambiar, y podemos tener incluso la sensación de que el suelo tiembla bajo nuestros pies. Todos los objetivos conseguidos se desvanecen como un castillo de naipes, y eso añadido a la muerte inesperada de alguien demasiado joven  te ciega la vista hacia el futuro como cuando nos quedamos fijamente observando un potente foco luminoso. Son esos momentos difíciles en los que uno necesita tiempo para reflexionar y aceptar los cambios, de mirar atrás y valorar hasta dónde hemos llegado; de tomar fuerzas para volverlo a intentar, y de recordar bonito sin llegar al olvidar.

Han pasado algo más de tres semanas desde mi último post, tiempo necesario de reflexión para poner todas las ideas en orden e intentar convencerme de que todas las ideas catastrofistas que revolotean por mi mente no son más que eso, pensamientos negativos que necesito desterrar. Porque ahora precisamente no es tiempo para dejar de intentar. Y es que, después de muchos pasos hacia adelante, de “pequeños grandes” avances en mi enfermedad, de pronto tuve dos síncopes en una semana. Y por increíble que parezca, cuanto más se espacian estos, una nueva recaída la vivo como una derrota, cuando quizás debería tomarla como una nueva oportunidad de empezar “desde cero”. Y esto, unido al extremo cansancio con el que me quedo después de los desmayos (como si un extraño ser absorbiese toda mi energía), me empujó a un tiempo sabático.

Pero ni puedo ni quiero victimizarme; al fin y al cabo, cada experiencia vivida es un aprendizaje. Esto me ha llevado a estar donde estoy en este preciso instante; a aprender cada día más maneras de afrontar y superar mi enfermedad, a mirar hacia mi interior y ser consciente de mis emociones en cada momento, para así poder manejarlas de manera adecuada y de esta forma, entre aprendizaje y aprendizaje, crear este espacio que hoy comparto con tod@s vosotr@s.

“Tiempos difíciles no son los tiempos para dejar de intentar.”

– Ray Owen

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Silencio

Mi mente pide a gritos silencio. Estoy en un momento en el que todo ruido perturba mi tranquilidad. Como en esa fase de relajación en la cual se busca la paz y el silencio. Radio, televisión, vecindad, tráfico, gente en la calle, cacofonía sin más. Busco el silencio.

Tengo la extraña sensación de haber vivido muchos cambios en poco tiempo, como si el mundo hubiese acelerado su movimiento y mi mente necesitase parar. Asimilar todas las opciones que ahora tengo frente a mí, que aún sin ser muchas, ahora me parecen demasiadas. Acostumbrada a un mundo limitado, de pronto me encuentro ante un mundo desconocido que me ofrece múltiples posibilidades. Y si bien esto no podría ser mejor, al mismo tiempo me abruma. De pronto todo va muy deprisa, o quizás fuese yo la que iba demasiado lenta, acostumbrada a ver la vida pasar. Sí, esa es la respuesta más lógica a todo esto que me está sucediendo. Y ahora, me toca parar y coger impulso para poder recuperar la velocidad que la vida normalmente lleva.

Y lo más probable también es que ese sea el motivo de mi necesidad de relax, de refugiarme en mí y en mis pensamientos. Que sean el ir y venir de estos lo único que pueda percibir dentro de mi cabeza, como si de estrellas fugaces se tratasen. Esas que, en la oscuridad de la noche, veo desaparecer en la inmensidad del silencioso firmamento.

Estoy aquí pues, buscando la soledad entre estas líneas, con el único ruido perceptible del teclado del ordenador. Y por un instante me viene a la cabeza la absurda idea de querer que este momento se volviese eterno. Absurda porque, además de resultar imposible, a la vez soy consciente de que en algún momento también se me haría insoportable. Nos movemos en un continuo ir y venir de “necesidades” contradictorias. Oscilando entre el movimiento y la calma, la compañía y la soledad, el leer y el escribir, el ruido y el silencio.

Me busco a mi misma; a mis pensamientos, emociones… Me confino en una habitación, cierro los ojos y simplemente “escucho” el silencio. Y me da paz. Siento que de pronto todo se detiene a mí alrededor y empieza a tomar el ritmo necesario. Un largo camino recorrido y sin embargo, aún tanto por recorrer…. Necesito parar, reflexionar, pensar dónde me encuentro y hacia dónde quiero ir. Pero nunca mirar atrás. O si acaso, esto sólo sea para coger impulso.

Pero ahora sólo necesito silencio. Todo aquello que me distrae de él me resulta molesto. Sólo quiero “escuchar” mis pensamientos y hacer con ellos una criba; seleccionar aquellos que me sean útiles, me aporten algo, y desterrar aquellos que, de alguna manera me puedan hacer daño o me parezcan poco fructíferos. Porque me cansé de recolectar todo sin hacer ningún tipo de selección. Creo que llegué a padecer alguna extraña variante de Síndrome de Diógenes en la cual, todo pensamiento me era válido, y acaso cuanto más catastrofista mejor.

Mi mente pide a gritos silencio, porque necesita hacerse oír.

“El silencio es necesario tanto para escuchar al otro como a nosotros mismos.”

– Desconocido

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No estamos locos

Desde hace mucho tiempo he tenido que convivir con miradas de recelo. Para ser sincera, también he de decir que ha ocurrido en contadas ocasiones, pero sí las suficientes como para que éstas queden grabadas a fuego en mi memoria. Y al mismo tiempo su recuerdo regurgita emociones dolorosas; y es curioso cómo a la vez que mi memoria se vuelve perezosa para rescatar preciados momentos, cobra renovada energía a la hora de revivenciar aquellos que desearía mantener en el olvido. Y es que pareciese que ésta me maneja a su libre albedrío.

Seguro que ya he contado en alguna ocasión el día que sufrí mi primer desmayo, por lo que no me voy a repetir. Y esperando (como cualquiera hubiese deseado) que éste fuese ocasional, no se le dio más importancia que la necesaria. Pero habiendo sucedido ya en varias ocasiones, en el Instituto me empezaban a mirar de otra manera. Como aquel día en el que, ya recuperada, me hicieron saber que habían avisado a una amiga mía, quien no acudió en mi ayuda aludiendo, eso sí, a mi supuesta fortaleza: “Pues que se levante sola”. Desde aquel día perdí mucha de la confianza que tenía puesta en algo tan importante como es la amistad. Y no es mi propósito contar estas situaciones para dar pena; en cambio, sí lo hago para hacerle entender al mundo que no somos tan raros como parecemos.

Y todos esos momentos me han vuelto a la mente después de otra experiencia desagradable vivida hace tan sólo dos días. Decidida a ir a dar un paseo como un ejercicio más de exposición para superar mi agorafobia, me tropecé en el portal con una vecina. Yo iba a salir y ella andaba rebuscando las llaves en el bolso para poder entrar. Entonces, abrí la puerta y me aparté para cederla el paso. Cuando levantó la cabeza y se percató de que era yo, no pudo reprimir un – ¡Vaya por Dios!- que llegó hasta mis oídos. Eso hizo más que evidente que nuestro encontronazo no le había sido precisamente placentero. Y a decir verdad, no consigo llegar al fondo de la cuestión, pues mi respuesta a tal espeto fue un simple – Buenas tardes -. Abrí del todo la puerta haciéndola entender que la cedía el paso amablemente, a lo que me negó con la cabeza, se apartó y entonces fue ella quien me cedió el paso. Sin pensarlo, consideré que era más apropiado dejar entrar, por lo que insistí educadamente, y para mi sorpresa, ella desistió de su propósito arrimándose lo más posible al otro extremo para luego hacer un círculo de al menos un metro y medio. La miré incrédula y con voz sumisa me dijo que no tenía por qué haberla cedido el paso. Entre sorpresa y malestar, le hice saber que yo quería salir, ella quería entrar y simplemente no había hecho nada extraordinario, sino lo que habitualmente hago cuando me tropiezo con cualquier otro vecino. Aún recuerdo con estremecimiento su cara de miedo y aún no logro entender. O sí lo entiendo, pero mi problema es que no consigo llegar a su razonamiento. Sí, se puede decir que he pasado veintisiete años “encerrada” en mi mundo, sufriendo mareos, desmayos y crisis de ansiedad. Pero ese no creo que sea motivo suficiente para que aquel día, hace tiempo ya, le dijese a mi madre que su hija no estaba muy cuerda (para decirlo de una forma más agradable). ¿A quién le importa mi modo de vivir, si hago vida social o me encierro en mi caparazón de seguridad?. ¿Quién se cree capaz de juzgarme por el único delito que he cometido, que no es otro que tenerle miedo al mundo exterior, a la gente, y a la vida en general?. ¿Quién soy yo para juzgar a los otros por cómo viven o actúan? Al fin y al cabo, ¿quién está seguro de cuál es la línea que separa la locura de la cordura?

Quiero reivindicar desde aquí que los que padecemos agorafobia no estamos locos, tan sólo tenemos miedo. No teman a los que ya temen.

“Hay más locos que cuerdos; y en el cuerdo mismo, hay más locura que cordura.”

– Nicholas Chamfort

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Afrontamiento de las emociones

Hace años escribí:
“Cualquier cosa podía despertar esos pequeños recuerdos que estaban escondidos en mi mente, quizás por creerlos insignificantes, quizás porque resultaban demasiado dolorosos. Pero una cosa tenía clara, y es que quería encontrarlos, verme cara a cara con ellos, reírlos, llorarlos, enfadarme, reconciliarme, quererme, odiarme, pero sabiendo que nadie me iba a juzgar por ello.”.
Ahora, leyendo esto, no estoy tan segura de ello. Me doy cuenta de que siempre he vivido con miedo, llegando a convertirse en mi estado natural. Y de alguna manera, ese miedo se ha visto incrementado aún más si cabe desde el día que hice aquel ejercicio en Terapia Gestalt y Corporal, el de enfrentarme a mis emociones. Y me bloqueé. Y me desmayé. Y me volví a asustar. Y entonces mi miedo aumentó de forma exponencial. Ya no estoy tan segura de querer mirar hacia mi interior.
La vida a veces está llena de incoherencias. Quiero encontrarme con el miedo para así poderle vencer. Y al mismo tiempo le tengo miedo al miedo, porque no sé si podré con él. Aún así, la perseverancia es lo único que me queda.

“El coraje y la perseverancia poseen un talismán mágico capaz de hacer que las dificultades desaparezcan y los obstáculos se desvanezcan en el aire.”
– J. Q. Adams

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Nuestra relación con los demás

Desde que nacemos empezamos a establecer vínculos afectivos. Incluso antes del momento del nacimiento, a través de los sonidos que percibimos desde el útero materno, ya reconocemos la voz de nuestros padres. Y a medida que crecemos, nos sostenemos en las interacciones familiares y personas cercanas, sobre las que se van creando nuestros sentimientos y emociones.
Por otra parte, en nuestra infancia, como seres inocentes que somos, nos creamos también un mundo idílico, donde siempre estaremos rodeados de esas personas y no existen los problemas. ¿Acaso vivimos la preocupación de nuestros padres cuando invirtieron sus pequeños ahorros en un negocio propio?  ¿O cuando se hipotecaron en la compra de su primera vivienda? Sí, es cierto, dependiendo de la infancia vivida por cada uno de nosotros y de nuestros recuerdos, tendremos miles de experiencias, pero lo habitual es que estuviésemos viviendo como niños ajenos a todo eso.
Luego, a medida que vamos creciendo y madurando, vamos siendo más conscientes de que ese mundo que nos imaginábamos no era tal y como parecía, e incluso que el “mundo de los  mayores” es bastante complicado. Según van pasando los años y nos vamos sumergiendo en ese “mundo de adultos”, vamos aprendiendo acerca de esa complejidad. Cada vez se nos plantean más retos, más obstáculos, más opciones entre las que elegir, y más dudas. Y también vamos formando nuestro “círculo de confianza”.  He aquí cuando nos damos cuenta de que quizás, esas personas con quienes estuvimos tan cercanas y nos  marcaron tanto durante nuestra infancia forman parte del pasado por diferentes motivos, y sin embargo, otras con quienes no tenemos ningún vínculo familiar son hoy nuestro soporte. Porque, indudablemente, también en el tema de la familia idealizamos. Después surgen múltiples circunstancias por las que eso se convierte en algo lejano: problemas en las relaciones, distancia, indiferencia… O simplemente te das cuenta de que el vínculo de sangre no te obliga a mantener esa relación. ¿Qué más da cuál sea el motivo? Lo importante es darnos cuenta de ello; de valorar a esas personas que están ahí “con o sin” obligación para lo bueno y para lo malo; que a pesar de tu multitud de momentos bajos están ahí, y en los alegres son los primeros en festejarlo y alegrarse por ti. De quien te llama tan solo para contarte el peor chiste del mundo, te manda un whatsapp con algún emoticono gracioso para desearte los buenos días, o simplemente se presenta ante tu puerta con el único fin de escucharte. Eso no viene en ningún “Manual de instrucciones para familias”. Las mejores relaciones son las que surgen de pequeños grandes momentos, y a partir de ahí creamos  nuestra “Familia afectiva”. Aquella que involucra a nuestra familia más cercana y a esa “otra familia” que te vas encontrando por el camino. Y así vamos conformando nuestra relación con los demás, que marcará nuestra vida emocional. Aquella en la cual, cuando alguien se va, sientes un desgarro en lo más profundo de tu corazón.

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La oscuridad

Desde pequeños nos han enseñado el significado de las palabras utilizando antónimos; por ejemplo, blanco y negro, alto y bajo, gordo y delgado, guapo y feo, y siempre entendiendo que uno de ellos era el ejemplo a seguir y el opuesto el que debíamos rechazar. ¿Es esto una certeza absoluta?  ¿Qué pasa, por ejemplo, acerca de la luz y la oscuridad?  ¿Por qué asociamos  la luz con la alegría, la salud, el bienestar y  la oscuridad con todo lo contrario, las sombras y las tinieblas?  ¿Alguien alguna vez no se ha visto atraído por haber encontrado un escondrijo oculto  o incluso la boca de una cueva y no se ha podido resistir a adentrarse en la oscuridad  y sentirse un explorador?  Entonces, ¿por qué no utilizar ahora, de adultos, los mismos recursos para adentrarnos en nuestro interior y sentirnos de nuevo exploradores?  La oscuridad tiene esa sorprendente magia;  ese momento en el cual nos encontramos solos, pero a la vez nos encontramos nada más y nada menos que con nosotros mismos. ¿Hay acaso mejor hallazgo?
Ese instante en el cual te haces consciente de ti mismo, de tus sentimientos, emociones; ríes o lloras ante algún recuerdo, pero siempre al final te sientes liberad@ de esa pesada carga o te sientes llen@ de energía nueva, pero en cualquier caso, te sientes mejor por haber conectado con lo más interno de ti… Como si hubieras entrado en esa oscura cueva y hubieses encontrado el mayor de los tesoros, a ti mismo.

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