Encontrándome a mi misma

Hace un tiempo que me encuentro perdida. Mi cansancio (tanto físico como mental) y mi falta de motivación no reflejan ni tan sólo un ápice de quien realmente soy. Lo que al principio parecía una simple astenia primaveral se prolonga en el tiempo y mella aún más mi ánimo. Día tras día intento encontrar un alivio en aquello que me llenaba y me hacía tan feliz, como escribir, leer, escuchar música, pasear, disfrutar de la naturaleza… Pero hoy me empeño en ver todo eso  como algo inane, trivial, sin importancia alguna.

Quisiera plasmar tantos pensamientos, sentimientos, emociones…; pero aún así, pareciese como si el folio y yo estuviésemos en una guerra continua, yo deseando llenarlo y él resistiendo por permanecer en su impoluta blancura.

No sé qué quiero, no recuerdo qué estaba buscando, el camino hacia el que me dirigía se va llenando de brumas…  Rebusco entre todo aquello que ayer me alentaba a seguir, que llenaba mi alma con cada bocanada de aire; releo mis propios escritos sin reconocer la ilusión que una vez plasmaban. Me miro en el espejo y el reflejo me devuelve una sutil silueta de la persona que fui.

Siento tanto y  no siento nada. Mi tristeza se acomoda en el sofá y deja pasar las horas y los días, esperando que llegue la noche para dejarme abrazar por Morfeo.

Necesito volver a encontrarme. Realmente no sé en qué cruce me perdí.

“Es un magnífico primer paso el ser capaz de reconocer qué es lo que te hace feliz.”

– Lucille Ball (Comediante, actriz, modelo y productora ejecutiva estadounidense)

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Depende

Supongo que, a cualquiera que esté leyendo este post, le es familiar el hecho de que  ante una misma situación, cada uno puede verla o vivirla de una manera totalmente opuesta. Y es que cada uno de nosotros es tan diferente, tan único, que hasta un mismo cuadro nos puede evocar emociones encontradas, de un mismo libro sacaremos diferentes aprendizajes, y así,  todo lo que nos sea posible imaginar.

Cada vez que me pongo frente al ordenador con el propósito de escribir un relato, me lleva un tiempo meditar qué  me apetece contar en ese momento según mi estado de ánimo, y cuido mucho sobre cómo las palabras pueden llegar a quien las esté leyendo.  Y es que, en el mismo caso, éstas pueden ser interpretadas de tantas maneras….

Mi mente retrocede de nuevo muchos años atrás, a mi época escolar, cuando me daban la nota de un examen y con un notable volvía triste a casa. Recuerdo que era tal mi estado de frustración que me “autoflagelaba” mentalmente imponiéndome a mi misma aumentar las horas de estudio y mejorar la nota en el próximo examen. Doy gracias a que ahí estaban mis padres para aportar un poco de “cordura” a tal desánimo (prometo que esto ha sido totalmente improvisado y nada relacionado con el anterior post), y me hacían ver la realidad de la situación. Ellos eran conscientes del esfuerzo que hacía en los estudios, y si bien mis notas podían ser mejores, también sabían mi nivel de autoexigencia. No era cuestión de estirar más la cuerda. Lo que para mí resultaba ser pésimo, para ellos era una gran satisfacción.

Si contase más sobre mí a este respecto, supongo que a muchos les resultaría una persona con un nivel de perfeccionismo excesivo, y lo que es peor, tendrían razón, así que voy a intentar generalizar un poco más en el asunto.

Nos encontramos en una situación similar con el simple acto de mirarnos a un espejo. Y es que todo depende del tipo de espejo en el que nos estemos mirando. Si se trata de un espejo normal, proyectará nuestra imagen tal cual es, sin más aditivos. Pero, ¿qué sucede cuando nos ponemos de nuevo frente a un espejo cóncavo  y otro convexo?. Es cuanto menos sorprendente cómo nuestra silueta puede cambiar de forma tan rápida y radical. Sin movernos del punto en el que nos encontramos, nos veremos más grandes, gordos y cercanos o, por el contrario, pequeños, delgados y alejados. ¡Y obviamente no hemos cambiado de cuerpo!
De alguna manera, así actuamos en determinadas ocasiones, influidos por el estrés, la ansiedad, las exigencias del día a día; de nuestras expectativas, la de los demás y de un sinfín de circunstancias. Y es que, al fin y al cabo todo depende. Hoy nos puede parecer que el día está nublado, pero eso depende tan sólo de con qué lo comparemos. Está bien, hay alguna nube y ayer hizo un día radiante de sol pero, ¿por qué tiene que ser peor así?. El día nos sorprende con nuevos momentos extraordinarios. Quizás no sea la jornada perfecta para tomar el sol, pero la vida te regala multitud de oportunidades las cuales es posible que no aproveches cuando el sol te invita a salir. Día de compras, lectura, de relax con una suave música de fondo…. Hasta las nubes te brindan oportunidades que puede que no hayas visto hasta ahora.

Estos últimos días me encuentro realmente agotada físicamente. Mi cuerpo se queja con dolor a cada pequeño movimiento, y mi cansancio es tal que parece que hubiese escalado el Himalaya. Seguramente te estarás preguntando el motivo, y éste no es más que haber dado unos cuantos paseos por el pueblo, haber tomado el sol plácidamente y haber permanecido sentada durante noventa minutos viendo una vuelta ciclista pasar. Esto puede sorprender, pero el fondo de todo no es otro que el estado letárgico al que mi cuerpo se ha visto sometido durante tantos años. Y ahora toca desperezarlo gradualmente, poco a poco, como el niño que empieza a andar. Podría ver ésta situación como algo molesta (y lo es realmente), pero prefiero ir despertando al mundo antes que estar como Cenicienta esperando un príncipe que nunca va a aparecer.

Y es que, nos guste o no nos guste, todo depende del cristal con que se mire.

“Todo depende de cómo vemos las cosas y no de como son en realidad.”

– Carl Gustav Jung

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