Ciudadanos del mundo

Recuerdo que en mi época del colegio, coincidimos durante algunos años un compañero de raza gitana y yo. Abraham era su nombre. Durante aquella época eran bastantes los niños gitanos que estaban escolarizados; por el contrario (a no ser que esté en un error), mucho me temo que hoy en día ese porcentaje ha bajado considerablemente.

Abraham se sentaba justo detrás de mí, y por tanto, compartíamos material escolar o éramos cómplices de chivatazos. Finalizada la jornada escolar, y camino a casa, en alguna ocasión hicimos el recorrido juntos; su casa era una típica chabola en un poblado gitano situado a escasos metros del colegio. He de reconocer que, como niña que era, siempre me preguntaba cómo podía vivir en aquellas circunstancias. Y seguramente para él no eran extremadamente malas (al fin y al cabo era lo único que había conocido), y las “nuestras” las considerase como vidas de lujo y ostentación.

A las puertas de la chabola, fabricada con simples chapas de uralita, siempre estaba encendida una hoguera la cual calentaba algún puchero. Los niños más pequeños del poblado corrían descalzos entre chatarra y suciedad. Pero Abraham siempre acudía aseado y limpio a la escuela.

Unos cuántos años más tarde, ayudando a mi padre en el bar, ambos nos sorprendimos de reencontrarnos, yo detrás de la barra y él como cliente. Ante la sorpresa inicial, nos dirigimos una sonrisa sin cruzar palabra alguna, quizás por la timidez que solemos sufrir durante la adolescencia o, porque en el fondo, sabíamos que, aunque amigos, pertenecíamos a dos mundos y culturas diferentes. No sé qué habrá sido de él después de casi 30 años. Hoy en día, con un poco más de madurez a nuestras espaldas, seguro que nos gustaría reencontrarnos y recordar juntos aquellos tiempos.

Muchos años después, el destino me llevaría a una de las ciudades más cosmopolitas como es Londres. Llegaba a la gran ciudad ya casi a medianoche, y me recibía en aquella casa uno de los que sería mi nuevo compañero de piso. Cada una de las tres personas que compartiríamos alojamiento era de una nacionalidad distinta. Eso para mí no cobraba más importancia que el hecho de que, al menos, uno de ellos era mujer. Al fin y al cabo, era la primera vez que compartía alojamiento y, haberlo hecho con dos chicos me hubiese intimidado un poco. O al menos eso pensé yo en un primer momento, porque al día siguiente, y viendo por primera vez a la luz del día mi nueva casa y mi nuevo barrio, susto fue el que me llevé cuando, al oírse abrir la puerta principal de casa, asomó un chico tan oscuro que resaltaba sobre las blancas paredes. – Hola, soy Denisse, encantado de conocerte.- Me dijo. Y es que el susto no fue tanto por su color del piel, sino porque desde un primer momento pensé que Denisse era nombre de chica. Eso significaba que mis preludios se venían abajo y sería la única fémina de la casa. Pero aquella experiencia no pudo haber sido más satisfactoria. Pronto se forjó una abierta comunicación entre los tres, compartiendo sobre todo nuestras costumbres y cultura.

A partir de ahí, me sorprendió gratamente que en la empresa para la que iba a trabajar, cada un@ éramos de una parte del mundo, lo que unía razas, culturas, idiomas y banderas de diferentes colores. Españoles, franceses, rumanos, hindúes, húngaros y un largo etc. Aún conservo alguna fotografía de aquellas reuniones de compañeros que se convertían en verdaderas fiestas de amigos.

Y todos estos recuerdos me han venido de repente porque, apenas hace tres meses que, jubilado el hombre que llevaba la pequeña tienda que está justo debajo de mi casa, la cogió de traspaso un hindú. Cada día me saluda con una amplia sonrisa, – Buenos días Cris, ¿dónde vas tan temprano?, y así empezamos a entablar una conversación. Es simpático y educado, pero lo que más me llama la atención es que, habiendo dejado su país hace 20 años y vivido en diferentes países, se considera un “Feliz ciudadano del mundo”. – Y es que soy realmente feliz Cris. Soy el hombre más feliz del mundo.

Pero el otro día me quedé triste, porque conversando nuevamente con él, me confesó que tras tres meses de trabajo, le estaba costando mucho hacer clientela. Considera que la gente de esta zona somos muy fríos (y esto no me lo tomé mal por el hecho de que es algo que siempre he oído), y que nota que, cuando la gente se da cuenta de su origen, hay un cierto racismo velado. Y esto, particularmente, me produjo una gran tristeza. Porque todos somos ciudadanos del mundo.

“Detesto el racismo, porque lo veo como algo barbárico, ya venga de un hombre negro o un hombre blanco.”

– Nelson Mandela

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