Autoconfianza

Tod@s hemos sufrido en algún momento de la vida la falta de confianza en nosotros mism@s. Aunque seamos poseedores de una gran autoestima y creamos que podemos con cualquier reto o dilema que nos encontremos, siempre surgirá algún imprevisto que nos haga dudar (a no ser que suframos del complejo de Narciso, del cual no voy a hablar ahora).

Y es que tod@s, como humanos que somos, tenemos momentos de debilidad. Podremos aparentar ser fuertes, decididos, asertivos, líderes;  y aunque seamos afortunados de poder decirnos que esa es la realidad, difícilmente será  así en todos los aspectos de la vida. Podremos ser verdaderos expertos en una materia que entrañe una supuesta dificultad y, sin embargo, nos moveremos como un “pulpo en un garaje” ante cualquier otra tarea insignificante. Esto es algo totalmente normal; si se diese el caso de que nada se interpusiese en nuestro camino, no estaríamos hablando de humanos, sino de alguna raza superior. Por mucho empeño que pongamos, será imposible hacerlo todo a la perfección (además de resultar probablemente muy aburrido).

Pero, entrando más en la cuestión, en muchas ocasiones no nos damos cuenta de que esa falta de confianza está basada más en el miedo que en cualquier otra cosa. Y eso es lo peor, porque en la mayoría de las ocasiones, éste no deja de ser nada más ni nada menos que un miedo irracional del cual, simplemente, extraemos la simple teoría que dice “todo lo que emprendamos saldrá mal”. Algo así como queriendo reafirmar la ya bien conocida Ley de Murphy. Pero qué quieren que les diga; yo personalmente le he dado demasiadas veces la razón a este buen señor aún sin conocerle, por lo que ya tocaba revelarme.

Y es que, si nos paramos a pensar, la mayoría de esas veces en las que sentimos “miedo”, éste no es tan racional como queremos hacernos creer…. Vale, de acuerdo, no todas… Pero si ponemos una balanza, ¿qué parte gana, el miedo racional o el que no lo es?.

Pero volviendo al tema que nos ocupa, ¿cuántas veces hemos declinado un proyecto, trabajo, relación, viaje o cualquier otra circunstancia por nuestra falta de confianza?. Y luego, cuando por fin le ponemos “valor” nos damos cuenta de que no era para tanto. ¿No será que dejamos demasiadas cosas en manos del valor? ¿Sobrevaloramos el “valor”?; quizás tan sólo esto sea una simple  justificación para refugiarnos en la disculpa. Y también quizás sea la mejor disculpa de todas. No aceptes esa oferta de trabajo tan bien remunerada porque, probablemente, no estés a la altura y quedes en ridículo; de no ser así, te acostumbrarás a los ascensos y dicen que es fatal para la salud. No viajes a ese lugar lejano y paradisíaco, porque puede que te contagies de alguna enfermedad tropical o suceda alguna catástrofe natural. En caso contrario, puede que te guste demasiado, quieras volver y tengas que ahorrar otros tantos años. Y así, el miedo irá comiendo nuestra confianza y nos dejará abandonados en nuestra zona de confort. (Espero se note la ironía).

Y esto en las situaciones un poco más complejas, pero ¿qué sucede en otras más simples como el hecho de presentarnos a un examen?. “No tengo confianza en que vaya a aprobar. Es mucho temario y se presentan miles de aspirantes”. Pero, ¿nos hemos parado a pensar que todos están (más o menos), en nuestra misma situación?. Claro que ante un examen hay nervios, nos jugamos mucho; y también es cierto que no por el hecho de tener confianza signifique que nos vaya a soplar siempre el viento a favor. Pero lo que sí es seguro es que, si confiamos en nosotros mismos, ya tendremos el 50% del terreno allanado. Iremos con más seguridad, y esto por oposición, hundirá al miedo que alguna vez tuvimos dentro.

Todos estamos capacitados para hacer lo que nos propongamos. Todo depende de lo que nos limiten nuestros propios miedos. ¿Cuántos he tenido yo?… Perdí la cuenta hace mucho tiempo.¿ Cuántos me quedan?, demasiados.  Pero sí recuerdo el último superado . Escribir. ¿Cómo dijiste?, ¿dijiste acaso publicar?. La confianza se consigue paso a paso venciendo nuestros propios miedos. Si nos convencemos de que no podemos, no podremos por mucho empeño que pongamos.

“Tu capacidad no tiene límites. No dejes que el miedo se lo ponga.”

– Anónimo

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Soberbia

Recuerdo lo que me sucedió aquel día en el que, estando de baja, fui a llevar el parte médico a la empresa. Y no es que imaginase que aquella iba a ser la única ocasión en que me sucediese algo así, pues si ya antes me había ocurrido, ésta tampoco sería la última. Pero aún hoy lo recuerdo con tanta nitidez como si hubiese sido ayer. E imagino que, debido al ejemplo que he recibido de mis padres, será algo que siempre tenga en la memoria.

Y es que yo, mujer menuda donde las haya y con estudios de Grado Medio como otr@ cualquiera, no me considero ni más ni menos que nadie.

Bueno, aquí he tenido que hacer una pausa debido a que mi cabeza no ha parado de darle vueltas al hecho de si esto que acabo de afirmar es cierto o no; y es que digamos que sólo lo es al 50%. Y me gustaría poder decir que el motivo no es otro que mi gran autoestima, pero aquí ya empezaría a tener otro problema como sería la mentira. Así que, para ser sincera, mi autoestima deja mucho que desear. Y es que cada día me pongo mi coraza para comerme el mundo, sólo en “defensa propia” con el fin de que no sea yo el alimento.

Así es como, con un poco de envidia o sorpresa (según el caso y el grado) veo como alguna gente a mi alrededor cree firmemente que el mundo gira con su ombligo como epicentro.

Y, volviendo al caso que empecé relatando, sucedió que, en una de esas ocasiones, me encontré en la entrada a uno de los chicos de mantenimiento ocupado en sus labores. Amablemente, me preguntó por cómo me encontraba y entablamos una conversación. En la despedida, nos dimos un abrazo afectuoso y cada uno emprendió de nuevo su camino. Ya en el departamento de personal, comenté que había estado hablando con Mario, a lo que la administrativa me dirigió una mirada de sorpresa. Según ella, no había ningún Mario en la empresa. Ante mi insistencia, preguntó a su compañera, quien reafirmó su contestación. Fue entonces cuando empecé a sentirme muy insegura, pues durante años había estado llamándole así y nunca me había advertido de mi supuesto error. Entre un poco de inseguridad y otro tanto de vergüenza, les pregunté entonces por el nombre del chico de mantenimiento. ¡Ah, Mario, el obrero! ¿Tú hablas con los obreros?. – Me preguntó con sorpresa.

Aún hoy lo recuerdo con tristeza e incredulidad. Me di cuenta de que, simplemente por ser los empleados de mantenimiento, estaban desterrados a otra clase social, a algún eslabón inferior, cuando ellas eran simples administrativas. Por si a alguien le queda la duda de cuál fue mi contestación, he de decir que no hubo ninguna. Fue tal mi asombro que no encontré palabra adecuada en mi cabeza que pudiese estar a la altura de semejante pregunta.

Y es que, en realidad, a estas alturas ya debería de estar curada de espanto en lo que a esta cuestión se refiere, pues fue en otra época, no tan remota como yo quisiera, en la que el eslabón perdido era yo. Por aquel entonces, día tras día, mi jefa me hacía saber su opinión acerca de mi apariencia física o mi inteligencia. Después de un año, y en un momento de muy baja autoestima, me di cuenta de que de alguna manera, empezaba a tener razón. Mi apariencia física y mi inteligencia empezaban a mermar a medida que pasaba el tiempo en aquel lugar, así que presenté mi dimisión. Pero, por muy increíble que pueda parecer, a un@ siempre le queda alguna remota posibilidad de encontrarse de nuevo con una de esas personas que llevan la soberbia por bandera.

Mi consejo: ¡CORRAN!

“La soberbia es una discapacidad que suele afectar a Pobres Infelices Mortales, que se encuentran de golpe con una miserable cuota de Poder.”
– José de San Martín

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