Encontrándome a mi misma

Hace un tiempo que me encuentro perdida. Mi cansancio (tanto físico como mental) y mi falta de motivación no reflejan ni tan sólo un ápice de quien realmente soy. Lo que al principio parecía una simple astenia primaveral se prolonga en el tiempo y mella aún más mi ánimo. Día tras día intento encontrar un alivio en aquello que me llenaba y me hacía tan feliz, como escribir, leer, escuchar música, pasear, disfrutar de la naturaleza… Pero hoy me empeño en ver todo eso  como algo inane, trivial, sin importancia alguna.

Quisiera plasmar tantos pensamientos, sentimientos, emociones…; pero aún así, pareciese como si el folio y yo estuviésemos en una guerra continua, yo deseando llenarlo y él resistiendo por permanecer en su impoluta blancura.

No sé qué quiero, no recuerdo qué estaba buscando, el camino hacia el que me dirigía se va llenando de brumas…  Rebusco entre todo aquello que ayer me alentaba a seguir, que llenaba mi alma con cada bocanada de aire; releo mis propios escritos sin reconocer la ilusión que una vez plasmaban. Me miro en el espejo y el reflejo me devuelve una sutil silueta de la persona que fui.

Siento tanto y  no siento nada. Mi tristeza se acomoda en el sofá y deja pasar las horas y los días, esperando que llegue la noche para dejarme abrazar por Morfeo.

Necesito volver a encontrarme. Realmente no sé en qué cruce me perdí.

“Es un magnífico primer paso el ser capaz de reconocer qué es lo que te hace feliz.”

– Lucille Ball (Comediante, actriz, modelo y productora ejecutiva estadounidense)

Imagen http://www.pexels.com

Anuncios

Pereza

¿Quién en alguna situación, movido (o mejor dicho en este caso, “no” movido) por la pereza, no ha dejado todo a un lado?. Somos conscientes de que en el día a día tenemos un sinfín de obligaciones, y para una buena organización, nada mejor que establecer prioridades. ¿Qué es lo que puede esperar y qué no?. Lo malo en este caso se da cuando nos balanceamos de un extremo a otro, creyéndonos superhéroes capaces de abarcarlo todo o cuando, del lado contrario, nos auto convencemos de que cualquier cosa que surja puede esperar a mañana. Y esto no es tan malo cuando lo ponemos en práctica de una manera aislada pero, ¿qué sucede cuando la pereza empieza a incrustarse en nuestros huesos, llegando incluso a crear raíces y éstas se  enroscan alrededor de nuestro cuerpo cual planta enredadera trepando sobre un punto de apoyo?

Todos hemos sentido pereza en alguna ocasión. Pero cuando en nuestro círculo más cercano nos empiezan a decir cariñosamente “no seas perezos@”, supongo que estaríamos ante el principio de algo “más grave”. En algún momento también yo misma empecé a mostrar mi pereza, si bien ésta tapaba algo más oculto como era mi agorafobia. “Tengo que comprar …., pero pasado mañana tengo que ir a …. y ya aprovecharé”. De esa manera, ambos estados se solapaban y no estaba claro cuál era uno y cuál era otro.

Pero, ¿qué sucede en el caso de tener que hacer algo que está a nuestro alcance, y simplemente ya nos cansa el hecho de pensarlo?. Soy consciente de que quizás hago esta pregunta en un mal momento. Much@s (entre los cuales me incluyo), echaremos la culpa al tiempo, a la astenia primaveral que parece no tener fin, al sopor de levantarnos un día más sin ningún aliciente que nos motive. ¡Vamos, eso son sólo excusas! Es cierto, (y hay estudios médicos que así lo indican), que existe la astenia estacional pero, ¿hasta qué punto nos dejamos llevar “agazapad@s” bajo un término que sabemos tiene su peso? ¿Quién nos va a refutar que eso sea o no sea así en realidad?

Me estoy convirtiendo en un gato perezoso, aún más perezoso de lo que su propia naturaleza nos da a entender. Y aprovechen ésta ocasión para criticarme por algún motivo con razones vehementes, pues si son asiduos a estos relatos, no soy persona dispuesta a manifestar mis puntos débiles (que haberlos haylos). Pero permítanme seguir manteniéndolos en el “anonimato”, pues de lo contrario, parecería más humana de lo que soy.

Un gato perezoso cansado que pasó demasiado tiempo enjaulado en su habitáculo, con el único aliciente de mirar a través del cristal de la ventana. Y aún así, de vez en cuando, últimamente osa a escalar hasta el tejado y es entonces cuando saborea la libertad. De esa forma, afianzando su confianza, cada vez son más largos sus paseos en un deseo de despojarse de esa flojedad, esa desgana, ese tedio.  Para cuando, en un descuido, logre zafarse de su cautiverio, se libre de la pereza y corra salvaje en su deseo de recuperar todo el tiempo perdido.

¡Cristina, despierta!. La pereza te está ganando….

“La pereza no es más que el hábito de descansar antes de estar cansado.”
– Jules Renard

Imagen http://www.pexels.com