Trabaja por tus sueños

Todos en mayor o menor medida tenemos sueños por cumplir, pero en muchas ocasiones caemos en el gran error de pensar que estos deben de venir por sí solos. Así, esperamos y esperamos hasta que, viendo que no se cumplen, llegamos a sentirnos frustrados. Oímos hablar una y otra vez del largo camino realizado por nuestros ancestros para llegar hasta donde están ahora, momentos de penuria y sacrificio para conseguir una vida mejor, y aún así, por algún motivo que se aleja de nuestro razonamiento, pensamos que a nosotros todo nos vendrá dado.

Ante todo no voy a negar que, si para alcanzar mi sueño recibiese algún tipo de ayuda, ésta iba a ser bien recibida pero, ¿hay mayor satisfacción que el haber conseguido algo por uno mismo?.

A pesar de haber pasado ya por varios trabajos, aún recuerdo mi primer sueldo. En realidad no sumaba mucho, pero era el dinero que había conseguido con esfuerzo, y por tanto, para mí suponía un gran montante. Es por ello que, en un primer momento, no sabía en qué invertirlo. Ese fue el motivo de que, poco a poco, fuese haciendo mis primeros ahorros.

Pasado un tiempo, por diversos motivos que no vienen al caso, quise optar a un puesto mejor, por lo que me apunté a unas listas de empleo públicas y, gracias a esos pequeños ahorros, hice varios Cursos de Formación que suponían un alto gasto económico. De esta forma, no me sentí culpable al pensar en ese gran desembolso que no estaba segura de los frutos que daría. Pero, con tiempo y paciencia, el resultado fue un buen puesto en la lista de empleo que me permitiría trabajar casi todo el año.

Sin embargo mi enfermedad estaba ahí, haciéndose ver de vez en cuando, hasta que llegó el momento en que empezó a ganar la partida. Entonces no tuve más remedio que, una vez finalizado mi último contrato, centrarme en recuperar mi salud y dejar a un lado todos mis sueños laborales. Y entonces, aquí se abrirían otros sueños sin duda mucho más importantes y trascendentales para mejorar mi calidad de vida. Si quería curarme, no bastaría con tomar determinado tipo de medicación o coger un tiempo sabático. Mi sueño se cumpliría única y exclusivamente si trabajaba duro, y esto no sería fácil. Supondría muchas sesiones médicas, muchos ejercicios de exposición y lo peor de todo, muchas crisis de ansiedad. “Si quieres superar tu ansiedad, no hay mejor remedio que enfrentarse a ella y no huir. Ser consciente de que nada te va a suceder, por muy mal que lo pases durante las crisis.” Esto no es fácil llegar a creerlo, y menos aún llevarlo a la práctica. Con mucho esfuerzo y momentos realmente malos, he ido superando mi ansiedad, si bien aún me visita en alguna ocasión (más de las que yo quisiera). Pero, aunque suene extraño, sea ésta bien recibida, pues me da de nuevo la oportunidad de poderla decir: “Aquí estoy, ya no te tengo miedo.” Y así es como se va cumpliendo el sueño más importante de mi vida como es dejar atrás años de sufrimiento.

Y estoy segura de que, una vez cerrada esta etapa, recuperaré de nuevo todos esos sueños que quedaron por cumplir y trabajaré duro para que así sea, porque sé que nadie viajará por mí , ni soñará por mí, ni reirá, bailará, cantará, y sobre todo, trabajará por mis sueños.

“Si tu no trabajas por tus sueños, alguien te contratará para que trabajes por los suyos.”

– Steve Jobs

Imagen http://www.pexels.com

Depende

Supongo que, a cualquiera que esté leyendo este post, le es familiar el hecho de que  ante una misma situación, cada uno puede verla o vivirla de una manera totalmente opuesta. Y es que cada uno de nosotros es tan diferente, tan único, que hasta un mismo cuadro nos puede evocar emociones encontradas, de un mismo libro sacaremos diferentes aprendizajes, y así,  todo lo que nos sea posible imaginar.

Cada vez que me pongo frente al ordenador con el propósito de escribir un relato, me lleva un tiempo meditar qué  me apetece contar en ese momento según mi estado de ánimo, y cuido mucho sobre cómo las palabras pueden llegar a quien las esté leyendo.  Y es que, en el mismo caso, éstas pueden ser interpretadas de tantas maneras….

Mi mente retrocede de nuevo muchos años atrás, a mi época escolar, cuando me daban la nota de un examen y con un notable volvía triste a casa. Recuerdo que era tal mi estado de frustración que me “autoflagelaba” mentalmente imponiéndome a mi misma aumentar las horas de estudio y mejorar la nota en el próximo examen. Doy gracias a que ahí estaban mis padres para aportar un poco de “cordura” a tal desánimo (prometo que esto ha sido totalmente improvisado y nada relacionado con el anterior post), y me hacían ver la realidad de la situación. Ellos eran conscientes del esfuerzo que hacía en los estudios, y si bien mis notas podían ser mejores, también sabían mi nivel de autoexigencia. No era cuestión de estirar más la cuerda. Lo que para mí resultaba ser pésimo, para ellos era una gran satisfacción.

Si contase más sobre mí a este respecto, supongo que a muchos les resultaría una persona con un nivel de perfeccionismo excesivo, y lo que es peor, tendrían razón, así que voy a intentar generalizar un poco más en el asunto.

Nos encontramos en una situación similar con el simple acto de mirarnos a un espejo. Y es que todo depende del tipo de espejo en el que nos estemos mirando. Si se trata de un espejo normal, proyectará nuestra imagen tal cual es, sin más aditivos. Pero, ¿qué sucede cuando nos ponemos de nuevo frente a un espejo cóncavo  y otro convexo?. Es cuanto menos sorprendente cómo nuestra silueta puede cambiar de forma tan rápida y radical. Sin movernos del punto en el que nos encontramos, nos veremos más grandes, gordos y cercanos o, por el contrario, pequeños, delgados y alejados. ¡Y obviamente no hemos cambiado de cuerpo!
De alguna manera, así actuamos en determinadas ocasiones, influidos por el estrés, la ansiedad, las exigencias del día a día; de nuestras expectativas, la de los demás y de un sinfín de circunstancias. Y es que, al fin y al cabo todo depende. Hoy nos puede parecer que el día está nublado, pero eso depende tan sólo de con qué lo comparemos. Está bien, hay alguna nube y ayer hizo un día radiante de sol pero, ¿por qué tiene que ser peor así?. El día nos sorprende con nuevos momentos extraordinarios. Quizás no sea la jornada perfecta para tomar el sol, pero la vida te regala multitud de oportunidades las cuales es posible que no aproveches cuando el sol te invita a salir. Día de compras, lectura, de relax con una suave música de fondo…. Hasta las nubes te brindan oportunidades que puede que no hayas visto hasta ahora.

Estos últimos días me encuentro realmente agotada físicamente. Mi cuerpo se queja con dolor a cada pequeño movimiento, y mi cansancio es tal que parece que hubiese escalado el Himalaya. Seguramente te estarás preguntando el motivo, y éste no es más que haber dado unos cuantos paseos por el pueblo, haber tomado el sol plácidamente y haber permanecido sentada durante noventa minutos viendo una vuelta ciclista pasar. Esto puede sorprender, pero el fondo de todo no es otro que el estado letárgico al que mi cuerpo se ha visto sometido durante tantos años. Y ahora toca desperezarlo gradualmente, poco a poco, como el niño que empieza a andar. Podría ver ésta situación como algo molesta (y lo es realmente), pero prefiero ir despertando al mundo antes que estar como Cenicienta esperando un príncipe que nunca va a aparecer.

Y es que, nos guste o no nos guste, todo depende del cristal con que se mire.

“Todo depende de cómo vemos las cosas y no de como son en realidad.”

– Carl Gustav Jung

Imagen http://www.pexels.com

No estamos locos

Desde hace mucho tiempo he tenido que convivir con miradas de recelo. Para ser sincera, también he de decir que ha ocurrido en contadas ocasiones, pero sí las suficientes como para que éstas queden grabadas a fuego en mi memoria. Y al mismo tiempo su recuerdo regurgita emociones dolorosas; y es curioso cómo a la vez que mi memoria se vuelve perezosa para rescatar preciados momentos, cobra renovada energía a la hora de revivenciar aquellos que desearía mantener en el olvido. Y es que pareciese que ésta me maneja a su libre albedrío.

Seguro que ya he contado en alguna ocasión el día que sufrí mi primer desmayo, por lo que no me voy a repetir. Y esperando (como cualquiera hubiese deseado) que éste fuese ocasional, no se le dio más importancia que la necesaria. Pero habiendo sucedido ya en varias ocasiones, en el Instituto me empezaban a mirar de otra manera. Como aquel día en el que, ya recuperada, me hicieron saber que habían avisado a una amiga mía, quien no acudió en mi ayuda aludiendo, eso sí, a mi supuesta fortaleza: “Pues que se levante sola”. Desde aquel día perdí mucha de la confianza que tenía puesta en algo tan importante como es la amistad. Y no es mi propósito contar estas situaciones para dar pena; en cambio, sí lo hago para hacerle entender al mundo que no somos tan raros como parecemos.

Y todos esos momentos me han vuelto a la mente después de otra experiencia desagradable vivida hace tan sólo dos días. Decidida a ir a dar un paseo como un ejercicio más de exposición para superar mi agorafobia, me tropecé en el portal con una vecina. Yo iba a salir y ella andaba rebuscando las llaves en el bolso para poder entrar. Entonces, abrí la puerta y me aparté para cederla el paso. Cuando levantó la cabeza y se percató de que era yo, no pudo reprimir un – ¡Vaya por Dios!- que llegó hasta mis oídos. Eso hizo más que evidente que nuestro encontronazo no le había sido precisamente placentero. Y a decir verdad, no consigo llegar al fondo de la cuestión, pues mi respuesta a tal espeto fue un simple – Buenas tardes -. Abrí del todo la puerta haciéndola entender que la cedía el paso amablemente, a lo que me negó con la cabeza, se apartó y entonces fue ella quien me cedió el paso. Sin pensarlo, consideré que era más apropiado dejar entrar, por lo que insistí educadamente, y para mi sorpresa, ella desistió de su propósito arrimándose lo más posible al otro extremo para luego hacer un círculo de al menos un metro y medio. La miré incrédula y con voz sumisa me dijo que no tenía por qué haberla cedido el paso. Entre sorpresa y malestar, le hice saber que yo quería salir, ella quería entrar y simplemente no había hecho nada extraordinario, sino lo que habitualmente hago cuando me tropiezo con cualquier otro vecino. Aún recuerdo con estremecimiento su cara de miedo y aún no logro entender. O sí lo entiendo, pero mi problema es que no consigo llegar a su razonamiento. Sí, se puede decir que he pasado veintisiete años “encerrada” en mi mundo, sufriendo mareos, desmayos y crisis de ansiedad. Pero ese no creo que sea motivo suficiente para que aquel día, hace tiempo ya, le dijese a mi madre que su hija no estaba muy cuerda (para decirlo de una forma más agradable). ¿A quién le importa mi modo de vivir, si hago vida social o me encierro en mi caparazón de seguridad?. ¿Quién se cree capaz de juzgarme por el único delito que he cometido, que no es otro que tenerle miedo al mundo exterior, a la gente, y a la vida en general?. ¿Quién soy yo para juzgar a los otros por cómo viven o actúan? Al fin y al cabo, ¿quién está seguro de cuál es la línea que separa la locura de la cordura?

Quiero reivindicar desde aquí que los que padecemos agorafobia no estamos locos, tan sólo tenemos miedo. No teman a los que ya temen.

“Hay más locos que cuerdos; y en el cuerdo mismo, hay más locura que cordura.”

– Nicholas Chamfort

Imagen http://www.pexels.com

Pequeñas gotas de felicidad

A veces es muy fina y sutil la línea que traspasa el miedo como estado natural ante un peligro real y el miedo que se convierte en ansiedad continua. Hace ya bastante tiempo que vivo atemorizada por mis propios miedos, que aunque irreales, limitan bastante mi vida.
Ahora estoy viviendo una etapa en la cual me están ayudando a encontrar mis capacidades y aptitudes con las cuales pueda expresar tal y como me siento, abrirme tal y como soy, intentar transmitir mis tristezas y mis alegrías, mis risas y mis llantos, y así he descubierto el placer de escribir. Hoy, después de mucho tiempo, y en un acto que puede resultar tan cotidiano para cualquiera, me senté acompañada de mi terapeuta en una cafetería como trabajo terapéutico en sí.  Y de repente me vi allí ante mis “monstruos”. Y escuché su voz: “Ey, estoy aquí…” y empezamos a entablar una conversación, alejándome así de mis pensamientos catastrofistas. Fue en ese mismo momento, tomando un café en una terraza y “aislada” de lo que había a mi alrededor en el cual conseguí “apearme” de mi ansiedad y fui feliz. En un acto tan trivial pero a la vez tan humano en el que te ayudan a recordarte “estoy aquí contigo, no va a pasar nada, y día tras día darás pequeños pasos hasta que tu miedo se vaya por completo”. Y son precisamente esos momentos, disfrutando de ese café, o hablando con un amigo, leyendo, escuchando música o escribiendo cuando uno encuentra esas pequeñas gotas de felicidad por las que merece la pena seguir luchando.

“La felicidad de tu vida depende de la calidad de tus pensamientos”

Marco Aurelio

Imagen de http://www.pexels.com