Pereza

¿Quién en alguna situación, movido (o mejor dicho en este caso, “no” movido) por la pereza, no ha dejado todo a un lado?. Somos conscientes de que en el día a día tenemos un sinfín de obligaciones, y para una buena organización, nada mejor que establecer prioridades. ¿Qué es lo que puede esperar y qué no?. Lo malo en este caso se da cuando nos balanceamos de un extremo a otro, creyéndonos superhéroes capaces de abarcarlo todo o cuando, del lado contrario, nos auto convencemos de que cualquier cosa que surja puede esperar a mañana. Y esto no es tan malo cuando lo ponemos en práctica de una manera aislada pero, ¿qué sucede cuando la pereza empieza a incrustarse en nuestros huesos, llegando incluso a crear raíces y éstas se  enroscan alrededor de nuestro cuerpo cual planta enredadera trepando sobre un punto de apoyo?

Todos hemos sentido pereza en alguna ocasión. Pero cuando en nuestro círculo más cercano nos empiezan a decir cariñosamente “no seas perezos@”, supongo que estaríamos ante el principio de algo “más grave”. En algún momento también yo misma empecé a mostrar mi pereza, si bien ésta tapaba algo más oculto como era mi agorafobia. “Tengo que comprar …., pero pasado mañana tengo que ir a …. y ya aprovecharé”. De esa manera, ambos estados se solapaban y no estaba claro cuál era uno y cuál era otro.

Pero, ¿qué sucede en el caso de tener que hacer algo que está a nuestro alcance, y simplemente ya nos cansa el hecho de pensarlo?. Soy consciente de que quizás hago esta pregunta en un mal momento. Much@s (entre los cuales me incluyo), echaremos la culpa al tiempo, a la astenia primaveral que parece no tener fin, al sopor de levantarnos un día más sin ningún aliciente que nos motive. ¡Vamos, eso son sólo excusas! Es cierto, (y hay estudios médicos que así lo indican), que existe la astenia estacional pero, ¿hasta qué punto nos dejamos llevar “agazapad@s” bajo un término que sabemos tiene su peso? ¿Quién nos va a refutar que eso sea o no sea así en realidad?

Me estoy convirtiendo en un gato perezoso, aún más perezoso de lo que su propia naturaleza nos da a entender. Y aprovechen ésta ocasión para criticarme por algún motivo con razones vehementes, pues si son asiduos a estos relatos, no soy persona dispuesta a manifestar mis puntos débiles (que haberlos haylos). Pero permítanme seguir manteniéndolos en el “anonimato”, pues de lo contrario, parecería más humana de lo que soy.

Un gato perezoso cansado que pasó demasiado tiempo enjaulado en su habitáculo, con el único aliciente de mirar a través del cristal de la ventana. Y aún así, de vez en cuando, últimamente osa a escalar hasta el tejado y es entonces cuando saborea la libertad. De esa forma, afianzando su confianza, cada vez son más largos sus paseos en un deseo de despojarse de esa flojedad, esa desgana, ese tedio.  Para cuando, en un descuido, logre zafarse de su cautiverio, se libre de la pereza y corra salvaje en su deseo de recuperar todo el tiempo perdido.

¡Cristina, despierta!. La pereza te está ganando….

“La pereza no es más que el hábito de descansar antes de estar cansado.”
– Jules Renard

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No estamos locos

Desde hace mucho tiempo he tenido que convivir con miradas de recelo. Para ser sincera, también he de decir que ha ocurrido en contadas ocasiones, pero sí las suficientes como para que éstas queden grabadas a fuego en mi memoria. Y al mismo tiempo su recuerdo regurgita emociones dolorosas; y es curioso cómo a la vez que mi memoria se vuelve perezosa para rescatar preciados momentos, cobra renovada energía a la hora de revivenciar aquellos que desearía mantener en el olvido. Y es que pareciese que ésta me maneja a su libre albedrío.

Seguro que ya he contado en alguna ocasión el día que sufrí mi primer desmayo, por lo que no me voy a repetir. Y esperando (como cualquiera hubiese deseado) que éste fuese ocasional, no se le dio más importancia que la necesaria. Pero habiendo sucedido ya en varias ocasiones, en el Instituto me empezaban a mirar de otra manera. Como aquel día en el que, ya recuperada, me hicieron saber que habían avisado a una amiga mía, quien no acudió en mi ayuda aludiendo, eso sí, a mi supuesta fortaleza: “Pues que se levante sola”. Desde aquel día perdí mucha de la confianza que tenía puesta en algo tan importante como es la amistad. Y no es mi propósito contar estas situaciones para dar pena; en cambio, sí lo hago para hacerle entender al mundo que no somos tan raros como parecemos.

Y todos esos momentos me han vuelto a la mente después de otra experiencia desagradable vivida hace tan sólo dos días. Decidida a ir a dar un paseo como un ejercicio más de exposición para superar mi agorafobia, me tropecé en el portal con una vecina. Yo iba a salir y ella andaba rebuscando las llaves en el bolso para poder entrar. Entonces, abrí la puerta y me aparté para cederla el paso. Cuando levantó la cabeza y se percató de que era yo, no pudo reprimir un – ¡Vaya por Dios!- que llegó hasta mis oídos. Eso hizo más que evidente que nuestro encontronazo no le había sido precisamente placentero. Y a decir verdad, no consigo llegar al fondo de la cuestión, pues mi respuesta a tal espeto fue un simple – Buenas tardes -. Abrí del todo la puerta haciéndola entender que la cedía el paso amablemente, a lo que me negó con la cabeza, se apartó y entonces fue ella quien me cedió el paso. Sin pensarlo, consideré que era más apropiado dejar entrar, por lo que insistí educadamente, y para mi sorpresa, ella desistió de su propósito arrimándose lo más posible al otro extremo para luego hacer un círculo de al menos un metro y medio. La miré incrédula y con voz sumisa me dijo que no tenía por qué haberla cedido el paso. Entre sorpresa y malestar, le hice saber que yo quería salir, ella quería entrar y simplemente no había hecho nada extraordinario, sino lo que habitualmente hago cuando me tropiezo con cualquier otro vecino. Aún recuerdo con estremecimiento su cara de miedo y aún no logro entender. O sí lo entiendo, pero mi problema es que no consigo llegar a su razonamiento. Sí, se puede decir que he pasado veintisiete años “encerrada” en mi mundo, sufriendo mareos, desmayos y crisis de ansiedad. Pero ese no creo que sea motivo suficiente para que aquel día, hace tiempo ya, le dijese a mi madre que su hija no estaba muy cuerda (para decirlo de una forma más agradable). ¿A quién le importa mi modo de vivir, si hago vida social o me encierro en mi caparazón de seguridad?. ¿Quién se cree capaz de juzgarme por el único delito que he cometido, que no es otro que tenerle miedo al mundo exterior, a la gente, y a la vida en general?. ¿Quién soy yo para juzgar a los otros por cómo viven o actúan? Al fin y al cabo, ¿quién está seguro de cuál es la línea que separa la locura de la cordura?

Quiero reivindicar desde aquí que los que padecemos agorafobia no estamos locos, tan sólo tenemos miedo. No teman a los que ya temen.

“Hay más locos que cuerdos; y en el cuerdo mismo, hay más locura que cordura.”

– Nicholas Chamfort

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