La fuerza reparadora de un abrazo

Cualquiera que se asomara hoy a la ventana y no fuera consciente de la estación en la que estamos juraría que era pleno otoño. Después de unas jornadas de calor sofocante, amaneció prometiendo otro magnífico día de agosto; sin embargo, las nubes cubrieron el cielo y pronto empezó a diluviar. Y aquí en la montaña, los cambios de temperatura a veces son tan drásticos que se puede pasar en horas de la búsqueda de refugio a la sombra a la necesidad de acurrucarse al calor de una manta en el sofá. Ahora puedo decir que tampoco se está tan mal frente a la chimenea y tratando de contar cómo me siento hoy.

Siempre que en el colegio me mandaban hacer una redacción recuerdo que lo odiaba; un tema obligatorio me parecía una tortura. Sin embargo hoy en día, sin obligaciones sobre el qué contar, para mí las palabras fluyen rápidamente como una forma de exteriorizar lo que pasa por mi mente, imaginando que tuviese a alguien enfrente que conectase con mis emociones. Alguien quien, leyendo estas palabras, pensase “a mí me sucede igual” o “entiendo lo que quieres decir ”. Y eso simplemente para mí ya vale la pena, me libera, me descarga del peso de mi gran mochila.

Y quería contar hoy la fuerza reparadora que tiene un simple abrazo, más aún cuando este es totalmente inesperado. Ayer al despertar me sorprendieron así mis dos sobrinos. El mejor regalo que podía recibir. No soy dada a tener mucho contacto físico, pero en este caso, hablo del valor terapéutico del abrazo. Y es que, mientras me sentía abrazada por dos personas a las que quiero tanto, mi deseo era permanecer así para siempre. Inmortalizar ese momento. Sentir su cariño, su calor, ese abrazo que aunque aparentemente signifique un simple “te quiero “ a la vez significa tanto que es imposible ponerle palabras. El amor incondicional. El abrazo de “ahora estoy aquí contigo”. La fuerza reparadora de un simple abrazo.

“Un día alguien te va a abrazar tan fuerte que todas tus partes rotas se juntaran de nuevo.”
-Alejandro Jodorowsky-

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Soberbia

Recuerdo lo que me sucedió aquel día en el que, estando de baja, fui a llevar el parte médico a la empresa. Y no es que imaginase que aquella iba a ser la única ocasión en que me sucediese algo así, pues si ya antes me había ocurrido, ésta tampoco sería la última. Pero aún hoy lo recuerdo con tanta nitidez como si hubiese sido ayer. E imagino que, debido al ejemplo que he recibido de mis padres, será algo que siempre tenga en la memoria.

Y es que yo, mujer menuda donde las haya y con estudios de Grado Medio como otr@ cualquiera, no me considero ni más ni menos que nadie.

Bueno, aquí he tenido que hacer una pausa debido a que mi cabeza no ha parado de darle vueltas al hecho de si esto que acabo de afirmar es cierto o no; y es que digamos que sólo lo es al 50%. Y me gustaría poder decir que el motivo no es otro que mi gran autoestima, pero aquí ya empezaría a tener otro problema como sería la mentira. Así que, para ser sincera, mi autoestima deja mucho que desear. Y es que cada día me pongo mi coraza para comerme el mundo, sólo en “defensa propia” con el fin de que no sea yo el alimento.

Así es como, con un poco de envidia o sorpresa (según el caso y el grado) veo como alguna gente a mi alrededor cree firmemente que el mundo gira con su ombligo como epicentro.

Y, volviendo al caso que empecé relatando, sucedió que, en una de esas ocasiones, me encontré en la entrada a uno de los chicos de mantenimiento ocupado en sus labores. Amablemente, me preguntó por cómo me encontraba y entablamos una conversación. En la despedida, nos dimos un abrazo afectuoso y cada uno emprendió de nuevo su camino. Ya en el departamento de personal, comenté que había estado hablando con Mario, a lo que la administrativa me dirigió una mirada de sorpresa. Según ella, no había ningún Mario en la empresa. Ante mi insistencia, preguntó a su compañera, quien reafirmó su contestación. Fue entonces cuando empecé a sentirme muy insegura, pues durante años había estado llamándole así y nunca me había advertido de mi supuesto error. Entre un poco de inseguridad y otro tanto de vergüenza, les pregunté entonces por el nombre del chico de mantenimiento. ¡Ah, Mario, el obrero! ¿Tú hablas con los obreros?. – Me preguntó con sorpresa.

Aún hoy lo recuerdo con tristeza e incredulidad. Me di cuenta de que, simplemente por ser los empleados de mantenimiento, estaban desterrados a otra clase social, a algún eslabón inferior, cuando ellas eran simples administrativas. Por si a alguien le queda la duda de cuál fue mi contestación, he de decir que no hubo ninguna. Fue tal mi asombro que no encontré palabra adecuada en mi cabeza que pudiese estar a la altura de semejante pregunta.

Y es que, en realidad, a estas alturas ya debería de estar curada de espanto en lo que a esta cuestión se refiere, pues fue en otra época, no tan remota como yo quisiera, en la que el eslabón perdido era yo. Por aquel entonces, día tras día, mi jefa me hacía saber su opinión acerca de mi apariencia física o mi inteligencia. Después de un año, y en un momento de muy baja autoestima, me di cuenta de que de alguna manera, empezaba a tener razón. Mi apariencia física y mi inteligencia empezaban a mermar a medida que pasaba el tiempo en aquel lugar, así que presenté mi dimisión. Pero, por muy increíble que pueda parecer, a un@ siempre le queda alguna remota posibilidad de encontrarse de nuevo con una de esas personas que llevan la soberbia por bandera.

Mi consejo: ¡CORRAN!

“La soberbia es una discapacidad que suele afectar a Pobres Infelices Mortales, que se encuentran de golpe con una miserable cuota de Poder.”
– José de San Martín

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