Delicadeza

Supongo que no seré yo la única persona que en alguna ocasión ha tenido la sensación de que cuando algo sale bien parece que ha llegado la “buena racha” y por el contrario, cuando algo viene mal, utilizamos el típico dicho “no hay dos sin tres”. Esto último es lo que estoy atravesando en estos momentos, entre vaivenes de dolorosas noticias inesperadas y mi introspección durante la cual, los últimos acontecimientos acaecidos me han llevado a reflexionar sobre el sentido y significado de la vida.

Y es que en las últimas semanas, dos corazones jóvenes y fuertes se rompieron sin previo aviso. No sé si debido a la similitud de edad o la cierta cercanía con esas personas estos hechos me han conmocionado de alguna a manera. Vivimos con prisas, dando por hecho de que mañana será otro día cualquiera, sin apreciar la infinidad de cosas bellas que nos pasan a cada instante, como ese rayo de sol que por alguna extraña razón se nos antoja sofocante, ese chapuzón en el río que de niños tanto disfrutábamos y ahora nos resultaría helador o esa brisa que refresca nuestro rostro y, sin embargo, nos despeina la melena.

Quisiera regresar a mi niñez; aquella época en la que no había sufrimiento ni preocupaciones. Esa etapa en la que, cuando alguien cercano se iba, nuestros padres se encargaban de contarnos delicadamente que se había “ido al cielo” y esto nos llenaba de tranquilidad y esperanza de que “desde allí nos seguirá cuidando”.

Y dejando a un lado creencias y religiones (todas y cada una de ellas respetables), aquella etapa de niña terminó hace tiempo. Como todo el mundo, he sufrido pérdidas dolorosas y he transitado por el camino de la tristeza hasta que el tiempo ha ido cicatrizando las heridas. Pero en este caso en particular aún estoy más consternada por la forma en que me enteré de la última.

Después de dos días en la ciudad realizando trámites cotidianos, regresaba de nuevo con ansia al pueblo. Nada más salir de casa me encontré con un compañero de trabajo quien, abruptamente en cuanto me vio me dijo textualmente: -“Cristina, ¿sabes que se murió tu amiga?. – Todo se detuvo a mi alrededor por un momento. Mi primer impulso fue apoyarme en una pared por temor a que mi ansiedad me jugara una mala pasada. Aún sin saber a quién se estaba refiriendo, sentí la enorme necesidad de estar segura, de afianzarme a algo, de que el mundo no fuera tan rápido.

Después del impacto e intentando asimilar lo sucedido, no hacía más que preguntarme a mi misma cómo puede haber personas con tan poca delicadeza. Y aún hoy, un día después, es algo sobre lo que mi cabeza no puede dejar de ocuparse y preocuparse. Siento que se veces se habla de la vida y la muerte con demasiada ligereza. Si bien es cierto que estos temas ya no son tabú como antaño, creo que algo muy distinto es dar a conocer la muerte de alguien tan fríamente que aún me vuelva a preguntar a mi misma si me van a consolar con la típica frase “desde el cielo estará cuidándote”.

Quisiera regresar a mi niñez pero eso es imposible. Tan sólo pido un poco de delicadeza por favor.

“Cuida tus palabras, porque lo que para ti es algo insignificante, para otro es un daño.”
-Autor desconocido

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Sintiendo la naturaleza

“El arte es el placer de un espíritu que penetra en la naturaleza y descubre que también ésta tiene alma.”
– Auguste Rodin
Imagen de autoría propia.

Desconexión

Desde hace unos días estoy en mi refugio de la montaña, y a decir verdad, no podían estar resultando mejores. Bueno, aquí quizás tenga que hacer un inciso pues, si bien disfruto al máximo de la compañía de mi hermana y sobrinos cuando vienen de vacaciones, lo mismo hago con la paz, silencio y serenidad que me transmite la naturaleza. Y así, el preludio de unos días tranquilos pasó a hacerse realidad. Aún quizá acostándome demasiado pronto, el silencio me acoge hacia un sueño sumamente reparador. Al despertar, el paisaje de la montaña desde mi cama me llena de un gran optimismo para comenzar el día. Tras un placentero desayuno y las tareas matutinas, la jornada me resulta demasiado breve sentada en el balcón disfrutando del paisaje que me rodea, acompañádolo de alguna breve caminata.

A pesar de conocer cada rincón como la palma de mi mano, observo las casas, calles, montañas y atardeceres como si los viese por primera vez. Mi cámara no deja de disparar instantáneas intentando atrapar cada segundo de mi estancia aquí, que ahora desearía no tuviese fin. Pero tengo que ser realista; del mismo modo que ahora me parece un lugar idílico, seguramente no me pareciese tanto llegado el tiempo en el que los árboles se quedan desnudos, la noche gana horas al día y apenas quedan dos casas habitadas. Más tarde, pasados los vientos del sur y recogidas las castañas, llegará el agua y el frío, para comenzar más tarde con las primeras nevadas.

Me gusta la naturaleza en todas sus facetas, pero si tuviese que elegir una estación para que fuese eterna, sin duda serían indistintamente la primavera y el verano, por encontrarse ésta en su máximo esplendor. Me deleito paseando bajo la sombra de los enormes árboles, escuchando el sublime concierto de los pájaros como interminable banda sonora, escuchando el murmullo del río o mirando fijamente el ocaso del sol en el horizonte. Y así, busco la paz en espacios que pueden ponerme en contacto conmigo misma.

“La tranquilidad y el silencio son dos cosas que no tienen precio.”
– Anónimo

Imagen de autoría propia.

Eligiendo el camino

Solemos tener como absurda meta el conseguir nuestros objetivos al primer intento; si finalmente esto no es así, lo veremos como un fracaso. Y, aunque hoy en día nos encontremos plenamente satisfechos con nuestra vida, tan sólo tendremos que detenernos y pensar en todo el camino recorrido hasta llegar donde hoy nos encontramos. Así haya sido más fácil o más difícil, siempre habremos tenido múltiples opciones (puede que hoy ya en el olvido) las cuales quizás, con mayor o menor fortuna, nos hubiesen llevado a otros destinos.  Aquella beca universitaria que rechazamos por asustarnos la idea de pasar un año en el extranjero; esa oferta de trabajo que suponía un traslado; la compra de ese piso que, si bien era el idóneo, estaba demasiado apartado del centro y un sinfín de oportunidades rechazadas.

Y aún así, de cuántas de esas decisiones nos hemos podido arrepentir… Bien fuese por miedo o simplemente indecisión, tomamos el camino equivocado en el que nos encontramos perdidos por un tiempo, dudando entre si continuar hasta el final sería buena idea o, si por el contrario, dar marcha atrás y reemprender ese sueño apartado sería la mejor opción. Y por el contrario, en tantas otras ocasiones el camino elegido nos llevó a buen puerto. Y es que a veces deberemos de preguntarnos si esos sueños a los que aspiramos son factibles o tan sólo fruto de nuestra imperiosa imaginación.

En más de una ocasión me he encontrado en esa tesitura, (como probablemente os haya ocurrido a muchos de vosotros que estáis ahora leyendo estas líneas), dudando entre si decantarme por el camino fácil (aquel más cómodo y que menos trabajo requiere) o el que exige demasiado esfuerzo (ese que se convertirá en un proyecto de crecimiento personal y superación). Probablemente sea este el que tenga un resultado triunfante, pues el éxito no suele venir en un paquete de regalo.

Continuamente nos encontramos en encrucijadas que nos ofrecerán múltiples oportunidades. La elección de nuestro camino sólo dependerá de dónde queramos llegar y del esfuerzo que queramos poner en conseguirlo.

“Nadie encuentra su camino sin haberse perdido varias veces.”

– Desconocido

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Momentos difíciles

Cuando menos lo esperamos todo puede dar un giro de 180 grados. En tan sólo un segundo todo puede cambiar, y podemos tener incluso la sensación de que el suelo tiembla bajo nuestros pies. Todos los objetivos conseguidos se desvanecen como un castillo de naipes, y eso añadido a la muerte inesperada de alguien demasiado joven  te ciega la vista hacia el futuro como cuando nos quedamos fijamente observando un potente foco luminoso. Son esos momentos difíciles en los que uno necesita tiempo para reflexionar y aceptar los cambios, de mirar atrás y valorar hasta dónde hemos llegado; de tomar fuerzas para volverlo a intentar, y de recordar bonito sin llegar al olvidar.

Han pasado algo más de tres semanas desde mi último post, tiempo necesario de reflexión para poner todas las ideas en orden e intentar convencerme de que todas las ideas catastrofistas que revolotean por mi mente no son más que eso, pensamientos negativos que necesito desterrar. Porque ahora precisamente no es tiempo para dejar de intentar. Y es que, después de muchos pasos hacia adelante, de “pequeños grandes” avances en mi enfermedad, de pronto tuve dos síncopes en una semana. Y por increíble que parezca, cuanto más se espacian estos, una nueva recaída la vivo como una derrota, cuando quizás debería tomarla como una nueva oportunidad de empezar “desde cero”. Y esto, unido al extremo cansancio con el que me quedo después de los desmayos (como si un extraño ser absorbiese toda mi energía), me empujó a un tiempo sabático.

Pero ni puedo ni quiero victimizarme; al fin y al cabo, cada experiencia vivida es un aprendizaje. Esto me ha llevado a estar donde estoy en este preciso instante; a aprender cada día más maneras de afrontar y superar mi enfermedad, a mirar hacia mi interior y ser consciente de mis emociones en cada momento, para así poder manejarlas de manera adecuada y de esta forma, entre aprendizaje y aprendizaje, crear este espacio que hoy comparto con tod@s vosotr@s.

“Tiempos difíciles no son los tiempos para dejar de intentar.”

– Ray Owen

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Blogger Recognition Award

Tengo que agradecer a Alquimia del espíritu por haberme nominado para el premio Blogger Recognition Award. Os invito a pasar por su blog, donde encontrareis pensamientos y experiencias venidas a lo largo de un camino de crecimiento personal.

La aceptación de este premio conlleva algunas reglas que paso a detallar:

1.- Publicar un agradecimiento al blog que te ha nominado e insertar un enlace a su blog.

2.- Escribir un post para dar a conocer el reconocimiento recibido.

3.- Contar el nacimiento del blog propio.

4.- Dar consejos a los nuevos bloggers.

5.- Nominar a 15 blogueros.

6.- Comentar sobre el blog que te ha nominado y proveerle un enlace a su blog.

Relatos desde mi ventana nació con el propósito de compartir mis sentimientos, emociones y reflexiones a lo largo de mi vida. También como un reto terapéutico para expresar todo aquello que me resultaba tan difícil hacer de otra manera. Sin duda, fue una gran decisión recogida y animada por la gente que me quiere, y no podía haber resultado mejor. No sólo me deleito en el placer de escribir sino que, además, me ha dado la oportunidad de conocer personas de diversos países, culturas y religiones.

No me considero la persona adecuada para dar consejos a los nuevos bloggers, pues aún estoy empezando esta aventura y aprendo día a día. Si acaso tan sólo puedo hablar de mi propia experiencia que es la de contar historias desde el alma. Cada relato es un trozo de mí, con sus virtudes y sus defectos. Tan fácil, tan difícil…

Acepto el premio de buen grado, dando paso a mis nominados:

1.- Ana Carranza .
2.- Helicon .
3.- Francesco Marchetti.
4.- El último blues.
5.- Desgranante.
6.- Júlia García.
7.- Joaquín Ramón Franco López.
8.- Eva.
9.- Pensamientos en la noche.
10.- El blog de Úrsula.
11.- Daniele Corbo.
12.- Los relatos de Moisés.
13.- Alberto Iranzo.
14.- Dulce Delgado.
15.- Roberto Nicolini.

Autoconfianza

Tod@s hemos sufrido en algún momento de la vida la falta de confianza en nosotros mism@s. Aunque seamos poseedores de una gran autoestima y creamos que podemos con cualquier reto o dilema que nos encontremos, siempre surgirá algún imprevisto que nos haga dudar (a no ser que suframos del complejo de Narciso, del cual no voy a hablar ahora).

Y es que tod@s, como humanos que somos, tenemos momentos de debilidad. Podremos aparentar ser fuertes, decididos, asertivos, líderes;  y aunque seamos afortunados de poder decirnos que esa es la realidad, difícilmente será  así en todos los aspectos de la vida. Podremos ser verdaderos expertos en una materia que entrañe una supuesta dificultad y, sin embargo, nos moveremos como un “pulpo en un garaje” ante cualquier otra tarea insignificante. Esto es algo totalmente normal; si se diese el caso de que nada se interpusiese en nuestro camino, no estaríamos hablando de humanos, sino de alguna raza superior. Por mucho empeño que pongamos, será imposible hacerlo todo a la perfección (además de resultar probablemente muy aburrido).

Pero, entrando más en la cuestión, en muchas ocasiones no nos damos cuenta de que esa falta de confianza está basada más en el miedo que en cualquier otra cosa. Y eso es lo peor, porque en la mayoría de las ocasiones, éste no deja de ser nada más ni nada menos que un miedo irracional del cual, simplemente, extraemos la simple teoría que dice “todo lo que emprendamos saldrá mal”. Algo así como queriendo reafirmar la ya bien conocida Ley de Murphy. Pero qué quieren que les diga; yo personalmente le he dado demasiadas veces la razón a este buen señor aún sin conocerle, por lo que ya tocaba revelarme.

Y es que, si nos paramos a pensar, la mayoría de esas veces en las que sentimos “miedo”, éste no es tan racional como queremos hacernos creer…. Vale, de acuerdo, no todas… Pero si ponemos una balanza, ¿qué parte gana, el miedo racional o el que no lo es?.

Pero volviendo al tema que nos ocupa, ¿cuántas veces hemos declinado un proyecto, trabajo, relación, viaje o cualquier otra circunstancia por nuestra falta de confianza?. Y luego, cuando por fin le ponemos “valor” nos damos cuenta de que no era para tanto. ¿No será que dejamos demasiadas cosas en manos del valor? ¿Sobrevaloramos el “valor”?; quizás tan sólo esto sea una simple  justificación para refugiarnos en la disculpa. Y también quizás sea la mejor disculpa de todas. No aceptes esa oferta de trabajo tan bien remunerada porque, probablemente, no estés a la altura y quedes en ridículo; de no ser así, te acostumbrarás a los ascensos y dicen que es fatal para la salud. No viajes a ese lugar lejano y paradisíaco, porque puede que te contagies de alguna enfermedad tropical o suceda alguna catástrofe natural. En caso contrario, puede que te guste demasiado, quieras volver y tengas que ahorrar otros tantos años. Y así, el miedo irá comiendo nuestra confianza y nos dejará abandonados en nuestra zona de confort. (Espero se note la ironía).

Y esto en las situaciones un poco más complejas, pero ¿qué sucede en otras más simples como el hecho de presentarnos a un examen?. “No tengo confianza en que vaya a aprobar. Es mucho temario y se presentan miles de aspirantes”. Pero, ¿nos hemos parado a pensar que todos están (más o menos), en nuestra misma situación?. Claro que ante un examen hay nervios, nos jugamos mucho; y también es cierto que no por el hecho de tener confianza signifique que nos vaya a soplar siempre el viento a favor. Pero lo que sí es seguro es que, si confiamos en nosotros mismos, ya tendremos el 50% del terreno allanado. Iremos con más seguridad, y esto por oposición, hundirá al miedo que alguna vez tuvimos dentro.

Todos estamos capacitados para hacer lo que nos propongamos. Todo depende de lo que nos limiten nuestros propios miedos. ¿Cuántos he tenido yo?… Perdí la cuenta hace mucho tiempo.¿ Cuántos me quedan?, demasiados.  Pero sí recuerdo el último superado . Escribir. ¿Cómo dijiste?, ¿dijiste acaso publicar?. La confianza se consigue paso a paso venciendo nuestros propios miedos. Si nos convencemos de que no podemos, no podremos por mucho empeño que pongamos.

“Tu capacidad no tiene límites. No dejes que el miedo se lo ponga.”

– Anónimo

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Silencio

Mi mente pide a gritos silencio. Estoy en un momento en el que todo ruido perturba mi tranquilidad. Como en esa fase de relajación en la cual se busca la paz y el silencio. Radio, televisión, vecindad, tráfico, gente en la calle, cacofonía sin más. Busco el silencio.

Tengo la extraña sensación de haber vivido muchos cambios en poco tiempo, como si el mundo hubiese acelerado su movimiento y mi mente necesitase parar. Asimilar todas las opciones que ahora tengo frente a mí, que aún sin ser muchas, ahora me parecen demasiadas. Acostumbrada a un mundo limitado, de pronto me encuentro ante un mundo desconocido que me ofrece múltiples posibilidades. Y si bien esto no podría ser mejor, al mismo tiempo me abruma. De pronto todo va muy deprisa, o quizás fuese yo la que iba demasiado lenta, acostumbrada a ver la vida pasar. Sí, esa es la respuesta más lógica a todo esto que me está sucediendo. Y ahora, me toca parar y coger impulso para poder recuperar la velocidad que la vida normalmente lleva.

Y lo más probable también es que ese sea el motivo de mi necesidad de relax, de refugiarme en mí y en mis pensamientos. Que sean el ir y venir de estos lo único que pueda percibir dentro de mi cabeza, como si de estrellas fugaces se tratasen. Esas que, en la oscuridad de la noche, veo desaparecer en la inmensidad del silencioso firmamento.

Estoy aquí pues, buscando la soledad entre estas líneas, con el único ruido perceptible del teclado del ordenador. Y por un instante me viene a la cabeza la absurda idea de querer que este momento se volviese eterno. Absurda porque, además de resultar imposible, a la vez soy consciente de que en algún momento también se me haría insoportable. Nos movemos en un continuo ir y venir de “necesidades” contradictorias. Oscilando entre el movimiento y la calma, la compañía y la soledad, el leer y el escribir, el ruido y el silencio.

Me busco a mi misma; a mis pensamientos, emociones… Me confino en una habitación, cierro los ojos y simplemente “escucho” el silencio. Y me da paz. Siento que de pronto todo se detiene a mí alrededor y empieza a tomar el ritmo necesario. Un largo camino recorrido y sin embargo, aún tanto por recorrer…. Necesito parar, reflexionar, pensar dónde me encuentro y hacia dónde quiero ir. Pero nunca mirar atrás. O si acaso, esto sólo sea para coger impulso.

Pero ahora sólo necesito silencio. Todo aquello que me distrae de él me resulta molesto. Sólo quiero “escuchar” mis pensamientos y hacer con ellos una criba; seleccionar aquellos que me sean útiles, me aporten algo, y desterrar aquellos que, de alguna manera me puedan hacer daño o me parezcan poco fructíferos. Porque me cansé de recolectar todo sin hacer ningún tipo de selección. Creo que llegué a padecer alguna extraña variante de Síndrome de Diógenes en la cual, todo pensamiento me era válido, y acaso cuanto más catastrofista mejor.

Mi mente pide a gritos silencio, porque necesita hacerse oír.

“El silencio es necesario tanto para escuchar al otro como a nosotros mismos.”

– Desconocido

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Pereza

¿Quién en alguna situación, movido (o mejor dicho en este caso, “no” movido) por la pereza, no ha dejado todo a un lado?. Somos conscientes de que en el día a día tenemos un sinfín de obligaciones, y para una buena organización, nada mejor que establecer prioridades. ¿Qué es lo que puede esperar y qué no?. Lo malo en este caso se da cuando nos balanceamos de un extremo a otro, creyéndonos superhéroes capaces de abarcarlo todo o cuando, del lado contrario, nos auto convencemos de que cualquier cosa que surja puede esperar a mañana. Y esto no es tan malo cuando lo ponemos en práctica de una manera aislada pero, ¿qué sucede cuando la pereza empieza a incrustarse en nuestros huesos, llegando incluso a crear raíces y éstas se  enroscan alrededor de nuestro cuerpo cual planta enredadera trepando sobre un punto de apoyo?

Todos hemos sentido pereza en alguna ocasión. Pero cuando en nuestro círculo más cercano nos empiezan a decir cariñosamente “no seas perezos@”, supongo que estaríamos ante el principio de algo “más grave”. En algún momento también yo misma empecé a mostrar mi pereza, si bien ésta tapaba algo más oculto como era mi agorafobia. “Tengo que comprar …., pero pasado mañana tengo que ir a …. y ya aprovecharé”. De esa manera, ambos estados se solapaban y no estaba claro cuál era uno y cuál era otro.

Pero, ¿qué sucede en el caso de tener que hacer algo que está a nuestro alcance, y simplemente ya nos cansa el hecho de pensarlo?. Soy consciente de que quizás hago esta pregunta en un mal momento. Much@s (entre los cuales me incluyo), echaremos la culpa al tiempo, a la astenia primaveral que parece no tener fin, al sopor de levantarnos un día más sin ningún aliciente que nos motive. ¡Vamos, eso son sólo excusas! Es cierto, (y hay estudios médicos que así lo indican), que existe la astenia estacional pero, ¿hasta qué punto nos dejamos llevar “agazapad@s” bajo un término que sabemos tiene su peso? ¿Quién nos va a refutar que eso sea o no sea así en realidad?

Me estoy convirtiendo en un gato perezoso, aún más perezoso de lo que su propia naturaleza nos da a entender. Y aprovechen ésta ocasión para criticarme por algún motivo con razones vehementes, pues si son asiduos a estos relatos, no soy persona dispuesta a manifestar mis puntos débiles (que haberlos haylos). Pero permítanme seguir manteniéndolos en el “anonimato”, pues de lo contrario, parecería más humana de lo que soy.

Un gato perezoso cansado que pasó demasiado tiempo enjaulado en su habitáculo, con el único aliciente de mirar a través del cristal de la ventana. Y aún así, de vez en cuando, últimamente osa a escalar hasta el tejado y es entonces cuando saborea la libertad. De esa forma, afianzando su confianza, cada vez son más largos sus paseos en un deseo de despojarse de esa flojedad, esa desgana, ese tedio.  Para cuando, en un descuido, logre zafarse de su cautiverio, se libre de la pereza y corra salvaje en su deseo de recuperar todo el tiempo perdido.

¡Cristina, despierta!. La pereza te está ganando….

“La pereza no es más que el hábito de descansar antes de estar cansado.”
– Jules Renard

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