Días de ferias

Pero no todo era montaña y chapuzones en el río. En agosto mi tía me llevaba a su casa durante los días de la Virgen Grande, para que así pudiese disfrutar de las fiestas. Desde la octava planta del edificio donde aún reside, veía a lo lejos cómo iban montando la enorme noria para, una vez terminada su “reconstrucción”, ver la prueba de luces y su puesta en marcha. ¡La feria había empezado!

Día tras día, mi tía acudía a su trabajo y yo iba a buscarla a la hora de la salida. El primer día de feria era emocionante; parecía no llegar la hora para dar una primera vuelta por todo el recinto y echar un vistazo a todas las atracciones, las habituales y algunas nuevas. A medida que íbamos llegando se notaba más y más alto el volumen de las entremezcladas melodías de cada uno de los puestos; atracciones, casetas de comida y bebida, puestos de bolsos y fulares y, cómo no, de los típicos productos de feria. El coco recién partido, las almendras garrapiñadas, las rosquillas de anís glaseadas, las manzanas cubiertas de caramelo… Y todo ello abigarrado con los aromas de las diferentes recetas cocinadas al momento. La típica figura de los maños recreando la tarea tradicional de pisar las uvas con los pies para hacer el vino daba la bienvenida al puesto de cata de vino dulce; aunque para estrenar ese puesto aún me quedarían algunos años. Y todo ello envuelto entre gritos de emoción y adrenalina de los cientos de niños allí congregados.

Dada la primera vuelta a la feria, sólo quedaba decidir cuál sería la primera atracción a disfrutar para, acto seguido, correr rauda a la cola. Esto, cuando un@ es niñ@ no es tarea de poca envergadura. Había tantas donde elegir: los coches de coche o El platillo volante (aunque estas no eran precisamente de predilección), Los columpios, La rana, El tren de la Bruja, y La noria, mi preferida. Esta última era la que siempre repetía, pues me atraía el hormigueo en el estómago  y las vistas de la ciudad desde todo lo alto; aunque la vista hacia abajo no era precisamente tan agradable. El año que empecé a sufrir de un leve vértigo fue un antes y un después en mi diversión en las fiestas, quizás el punto de inflexión en que aquello ya no era tan divertido y me empezaba a “hacer mayor”.

Entre paseo y paseo, nos cruzábamos varias veces por la típica tómbola desde donde el dueño, micrófono en mano, te invitaba a participar: “Qué alegría, qué alboroto, otro perrito piloto… Qué mona, qué mona, qué mona la muñeca chochona… Señor, el de la perilla, se ha llevado una vajilla…”

Y, para dar por terminada la tarde de feria, mi tía me compraba el algodón de azúcar que yo iba comiendo de camino a casa. La comisura de la boca y las manos quedaban siempre pegajosas por mucho empeño que pusiese en comerlo con cuidado. Pero, ya en casa, me asearía y descansaría de una tarde tan ajetreada.

Tras diez días de fiestas, desde el balcón veíamos la traca final con fuegos artificiales multicolores. Al día siguiente quedaba el regreso a la casa de mis abuelos en las montañas y un largo año de espera para disfrutar de nuevo de las ferias.

“No nos dimos cuenta de que estábamos haciendo recuerdos, solo sabíamos que nos lo estábamos pasando bien.”

– Anónimo

Imagen www.pexels.com

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