La muñeca de trapo

Siempre andaba corriendo de una casa a otra. No había por qué preocuparse. Mientras mis  padres estaban trabajando, yo solía estar en una huerta cercana columpiándome o corriendo en bicicleta surcando los distintos senderos. Alrededor había múltiples casas de los distintos vecinos del barrio, y yo conocía todos los rincones de cada una de ellas. Me fascinaba especialmente una casa de indianos, dividida en 3 plantas y múltiples estancias que a mí me parecían interminables de recorrer. Aún hoy en día paso por delante y no puedo evitar mirarla con nostalgia. Ahí en pie, con la única diferencia de que su nuevo dueño la ha pintado de blanco, como si el tiempo no hubiese pasado por ella. Había pasado tantos momentos allí; jugando en el jardín, o disfrutando de las onzas de chocolate con las que me deleitaban los dueños. Muchas de esas casas, por no decir la mayoría, han desaparecido para dar paso a otras más modernas. Una de ellas es la casa de María, a la que solía ir para salir al jardín con sus zapatos de tacones, y así sentirme mayor.

Siempre que yo asomaba por la puerta del jardín, el perro avisaba con sus ladridos de mi presencia. Entonces esperaba a que María saliese a tranquilizarlo y así poder entrar a la casa. Nunca entendí cómo, yendo día tras día, el perro nunca me reconocía y siempre se tiraba a morderme. Hasta que un día no fui tan cauta y, pensando en aquel dicho de “perro mordedor poco ladrador” me aventuré a no esperar a su dueña y el perro no frenó su instinto animal. Y me mordió en la pierna (la cicatriz del colmillo da fe de aquel hecho). Y es que siempre era así de impulsiva. Yo y mi energía expansiva.

En otras ocasiones (la mayoría), pasaba el tiempo en casa de mi padrino. Raro era el día que no me pasaba por allí, aunque tan solo fuese de visita (pero también tengo que decir que esas fueron las menos). Jugaba con las nietas de mi padrino, o me pasaba las tardes enteras sentada junto a Luisa, su mujer, en la balconera de la habitación. Muchas veces, a la hora de la comida ponían un plato más para desesperación de mi madre, quien al poco rato asomaba por la esquina gritando mi nombre y yo salía corriendo a la balconera para decirla que ya había comido. He vivido muchos momentos en casa de aquellos vecinos, pero sin duda, los vividos en casa de mi padrino son especiales. Sólo puedo decir que eran buena gente.

Siempre que me ponía enferma (gripe, paperas, varicela… lo típico de la infancia), no faltaba la visita de Luisa con su regalo (un libro, un tebeo, o una muñeca de trapo). Esa muñeca de trapo a la que cogí tanto cariño y sin embargo, hace mucho tiempo que no sé donde acabó… Quizás se perdió en la mudanza hace ya alguna década. Y sin embargo, desearía tanto conservarla hoy. Tener algún recuerdo material de aquellos momentos. “Reencontrarme” con esa niña abrazando a  mi muñeca de trapo e intentar revivir los recuerdos escondidos. Yo y mi muñeca de trapo.

“Soy una muñeca de trapo, lo sé. Pero aunque no tenga vida, sonreiré”.

– Autor desconocido

Imagen http://www.pexels.com

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