Nuestra relación con los demás

Desde que nacemos empezamos a establecer vínculos afectivos. Incluso antes del momento del nacimiento, a través de los sonidos que percibimos desde el útero materno, ya reconocemos la voz de nuestros padres. Y a medida que crecemos, nos sostenemos en las interacciones familiares y personas cercanas, sobre las que se van creando nuestros sentimientos y emociones.
Por otra parte, en nuestra infancia, como seres inocentes que somos, nos creamos también un mundo idílico, donde siempre estaremos rodeados de esas personas y no existen los problemas. ¿Acaso vivimos la preocupación de nuestros padres cuando invirtieron sus pequeños ahorros en un negocio propio?  ¿O cuando se hipotecaron en la compra de su primera vivienda? Sí, es cierto, dependiendo de la infancia vivida por cada uno de nosotros y de nuestros recuerdos, tendremos miles de experiencias, pero lo habitual es que estuviésemos viviendo como niños ajenos a todo eso.
Luego, a medida que vamos creciendo y madurando, vamos siendo más conscientes de que ese mundo que nos imaginábamos no era tal y como parecía, e incluso que el “mundo de los  mayores” es bastante complicado. Según van pasando los años y nos vamos sumergiendo en ese “mundo de adultos”, vamos aprendiendo acerca de esa complejidad. Cada vez se nos plantean más retos, más obstáculos, más opciones entre las que elegir, y más dudas. Y también vamos formando nuestro “círculo de confianza”.  He aquí cuando nos damos cuenta de que quizás, esas personas con quienes estuvimos tan cercanas y nos  marcaron tanto durante nuestra infancia forman parte del pasado por diferentes motivos, y sin embargo, otras con quienes no tenemos ningún vínculo familiar son hoy nuestro soporte. Porque, indudablemente, también en el tema de la familia idealizamos. Después surgen múltiples circunstancias por las que eso se convierte en algo lejano: problemas en las relaciones, distancia, indiferencia… O simplemente te das cuenta de que el vínculo de sangre no te obliga a mantener esa relación. ¿Qué más da cuál sea el motivo? Lo importante es darnos cuenta de ello; de valorar a esas personas que están ahí “con o sin” obligación para lo bueno y para lo malo; que a pesar de tu multitud de momentos bajos están ahí, y en los alegres son los primeros en festejarlo y alegrarse por ti. De quien te llama tan solo para contarte el peor chiste del mundo, te manda un whatsapp con algún emoticono gracioso para desearte los buenos días, o simplemente se presenta ante tu puerta con el único fin de escucharte. Eso no viene en ningún “Manual de instrucciones para familias”. Las mejores relaciones son las que surgen de pequeños grandes momentos, y a partir de ahí creamos  nuestra “Familia afectiva”. Aquella que involucra a nuestra familia más cercana y a esa “otra familia” que te vas encontrando por el camino. Y así vamos conformando nuestra relación con los demás, que marcará nuestra vida emocional. Aquella en la cual, cuando alguien se va, sientes un desgarro en lo más profundo de tu corazón.

Imagen de http://www.pexels.com

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