No estamos locos

Desde hace mucho tiempo he tenido que convivir con miradas de recelo. Para ser sincera, también he de decir que ha ocurrido en contadas ocasiones, pero sí las suficientes como para que éstas queden grabadas a fuego en mi memoria. Y al mismo tiempo su recuerdo regurgita emociones dolorosas; y es curioso cómo a la vez que mi memoria se vuelve perezosa para rescatar preciados momentos, cobra renovada energía a la hora de revivenciar aquellos que desearía mantener en el olvido. Y es que pareciese que ésta me maneja a su libre albedrío.

Seguro que ya he contado en alguna ocasión el día que sufrí mi primer desmayo, por lo que no me voy a repetir. Y esperando (como cualquiera hubiese deseado) que éste fuese ocasional, no se le dio más importancia que la necesaria. Pero habiendo sucedido ya en varias ocasiones, en el Instituto me empezaban a mirar de otra manera. Como aquel día en el que, ya recuperada, me hicieron saber que habían avisado a una amiga mía, quien no acudió en mi ayuda aludiendo, eso sí, a mi supuesta fortaleza: “Pues que se levante sola”. Desde aquel día perdí mucha de la confianza que tenía puesta en algo tan importante como es la amistad. Y no es mi propósito contar estas situaciones para dar pena; en cambio, sí lo hago para hacerle entender al mundo que no somos tan raros como parecemos.

Y todos esos momentos me han vuelto a la mente después de otra experiencia desagradable vivida hace tan sólo dos días. Decidida a ir a dar un paseo como un ejercicio más de exposición para superar mi agorafobia, me tropecé en el portal con una vecina. Yo iba a salir y ella andaba rebuscando las llaves en el bolso para poder entrar. Entonces, abrí la puerta y me aparté para cederla el paso. Cuando levantó la cabeza y se percató de que era yo, no pudo reprimir un – ¡Vaya por Dios!- que llegó hasta mis oídos. Eso hizo más que evidente que nuestro encontronazo no le había sido precisamente placentero. Y a decir verdad, no consigo llegar al fondo de la cuestión, pues mi respuesta a tal espeto fue un simple – Buenas tardes -. Abrí del todo la puerta haciéndola entender que la cedía el paso amablemente, a lo que me negó con la cabeza, se apartó y entonces fue ella quien me cedió el paso. Sin pensarlo, consideré que era más apropiado dejar entrar, por lo que insistí educadamente, y para mi sorpresa, ella desistió de su propósito arrimándose lo más posible al otro extremo para luego hacer un círculo de al menos un metro y medio. La miré incrédula y con voz sumisa me dijo que no tenía por qué haberla cedido el paso. Entre sorpresa y malestar, le hice saber que yo quería salir, ella quería entrar y simplemente no había hecho nada extraordinario, sino lo que habitualmente hago cuando me tropiezo con cualquier otro vecino. Aún recuerdo con estremecimiento su cara de miedo y aún no logro entender. O sí lo entiendo, pero mi problema es que no consigo llegar a su razonamiento. Sí, se puede decir que he pasado veintisiete años “encerrada” en mi mundo, sufriendo mareos, desmayos y crisis de ansiedad. Pero ese no creo que sea motivo suficiente para que aquel día, hace tiempo ya, le dijese a mi madre que su hija no estaba muy cuerda (para decirlo de una forma más agradable). ¿A quién le importa mi modo de vivir, si hago vida social o me encierro en mi caparazón de seguridad?. ¿Quién se cree capaz de juzgarme por el único delito que he cometido, que no es otro que tenerle miedo al mundo exterior, a la gente, y a la vida en general?. ¿Quién soy yo para juzgar a los otros por cómo viven o actúan? Al fin y al cabo, ¿quién está seguro de cuál es la línea que separa la locura de la cordura?

Quiero reivindicar desde aquí que los que padecemos agorafobia no estamos locos, tan sólo tenemos miedo. No teman a los que ya temen.

“Hay más locos que cuerdos; y en el cuerdo mismo, hay más locura que cordura.”

– Nicholas Chamfort

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Ciudadanos del mundo

Recuerdo que en mi época del colegio, coincidimos durante algunos años un compañero de raza gitana y yo. Abraham era su nombre. Durante aquella época eran bastantes los niños gitanos que estaban escolarizados; por el contrario (a no ser que esté en un error), mucho me temo que hoy en día ese porcentaje ha bajado considerablemente.

Abraham se sentaba justo detrás de mí, y por tanto, compartíamos material escolar o éramos cómplices de chivatazos. Finalizada la jornada escolar, y camino a casa, en alguna ocasión hicimos el recorrido juntos; su casa era una típica chabola en un poblado gitano situado a escasos metros del colegio. He de reconocer que, como niña que era, siempre me preguntaba cómo podía vivir en aquellas circunstancias. Y seguramente para él no eran extremadamente malas (al fin y al cabo era lo único que había conocido), y las “nuestras” las considerase como vidas de lujo y ostentación.

A las puertas de la chabola, fabricada con simples chapas de uralita, siempre estaba encendida una hoguera la cual calentaba algún puchero. Los niños más pequeños del poblado corrían descalzos entre chatarra y suciedad. Pero Abraham siempre acudía aseado y limpio a la escuela.

Unos cuántos años más tarde, ayudando a mi padre en el bar, ambos nos sorprendimos de reencontrarnos, yo detrás de la barra y él como cliente. Ante la sorpresa inicial, nos dirigimos una sonrisa sin cruzar palabra alguna, quizás por la timidez que solemos sufrir durante la adolescencia o, porque en el fondo, sabíamos que, aunque amigos, pertenecíamos a dos mundos y culturas diferentes. No sé qué habrá sido de él después de casi 30 años. Hoy en día, con un poco más de madurez a nuestras espaldas, seguro que nos gustaría reencontrarnos y recordar juntos aquellos tiempos.

Muchos años después, el destino me llevaría a una de las ciudades más cosmopolitas como es Londres. Llegaba a la gran ciudad ya casi a medianoche, y me recibía en aquella casa uno de los que sería mi nuevo compañero de piso. Cada una de las tres personas que compartiríamos alojamiento era de una nacionalidad distinta. Eso para mí no cobraba más importancia que el hecho de que, al menos, uno de ellos era mujer. Al fin y al cabo, era la primera vez que compartía alojamiento y, haberlo hecho con dos chicos me hubiese intimidado un poco. O al menos eso pensé yo en un primer momento, porque al día siguiente, y viendo por primera vez a la luz del día mi nueva casa y mi nuevo barrio, susto fue el que me llevé cuando, al oírse abrir la puerta principal de casa, asomó un chico tan oscuro que resaltaba sobre las blancas paredes. – Hola, soy Denisse, encantado de conocerte.- Me dijo. Y es que el susto no fue tanto por su color del piel, sino porque desde un primer momento pensé que Denisse era nombre de chica. Eso significaba que mis preludios se venían abajo y sería la única fémina de la casa. Pero aquella experiencia no pudo haber sido más satisfactoria. Pronto se forjó una abierta comunicación entre los tres, compartiendo sobre todo nuestras costumbres y cultura.

A partir de ahí, me sorprendió gratamente que en la empresa para la que iba a trabajar, cada un@ éramos de una parte del mundo, lo que unía razas, culturas, idiomas y banderas de diferentes colores. Españoles, franceses, rumanos, hindúes, húngaros y un largo etc. Aún conservo alguna fotografía de aquellas reuniones de compañeros que se convertían en verdaderas fiestas de amigos.

Y todos estos recuerdos me han venido de repente porque, apenas hace tres meses que, jubilado el hombre que llevaba la pequeña tienda que está justo debajo de mi casa, la cogió de traspaso un hindú. Cada día me saluda con una amplia sonrisa, – Buenos días Cris, ¿dónde vas tan temprano?, y así empezamos a entablar una conversación. Es simpático y educado, pero lo que más me llama la atención es que, habiendo dejado su país hace 20 años y vivido en diferentes países, se considera un “Feliz ciudadano del mundo”. – Y es que soy realmente feliz Cris. Soy el hombre más feliz del mundo.

Pero el otro día me quedé triste, porque conversando nuevamente con él, me confesó que tras tres meses de trabajo, le estaba costando mucho hacer clientela. Considera que la gente de esta zona somos muy fríos (y esto no me lo tomé mal por el hecho de que es algo que siempre he oído), y que nota que, cuando la gente se da cuenta de su origen, hay un cierto racismo velado. Y esto, particularmente, me produjo una gran tristeza. Porque todos somos ciudadanos del mundo.

“Detesto el racismo, porque lo veo como algo barbárico, ya venga de un hombre negro o un hombre blanco.”

– Nelson Mandela

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El lavadero

Es curioso cómo, cuando somos pequeños, nos atraen con una fuerza poderosa todos los quehaceres de los mayores. Llega un momento en que queremos crecer con gran rapidez para desempeñar ese oficio o tarea que ha atraído tanta atención sobre nosotros, hasta tal punto, que un día sorprendemos a nuestra madre con la pregunta de cuándo nos vamos a hacer mayores. Como si, día tras día, nos levantásemos de la cama con la esperanza de mirarnos en el espejo y ver de repente reflejada una imagen a la que, presuntamente, le queda algún rasgo mínimo de nuestro rostro infantil.

Cuántas veces pudimos jugar al juego típico de médicos y enfermeras, policías, maestros y un largo etc. Pero, aparte de utilizar nuestra imaginación, también, y sobre todo, estamos influidos por lo que vemos día a día. Así, recuerdo pasarme tardes enteras jugando subida sobre una caja de bebidas y utilizando como fogón las cubas de vino que mi padre tenía almacenadas afuera del bar. Cortaba hojas grandes de un arbusto que había en la parte trasera de la tienda, y ayudada por un “cuchillo” de madera que me había fabricado un cliente, me convertía en la chef de un imaginario restaurante. Tal llegó a ser mi afición por el juego que, día tras día, y habitualmente a la misma hora, pasaba el camión de la basura una vez finalizada la jornada. Bajaba por una carretera secundaria, por lo que, raro era el día que el semáforo en rojo no le hiciese parar a mi altura. Hasta que un día, y ante la asiduidad de verme allí tan ajetreada con mis “pucheros”, el conductor me preguntó que había para comer. Yo, niña que no se caracterizaba por su timidez precisamente, contestaba lo primero que se me ocurría, hasta convertirse aquello en una costumbre habitual. Al día siguiente, ya tenía pensado el “menú” para que, aquel simpático conductor, no me pillase desprevenida.

Entre otras muchas “profesiones”, desempeñé durante una temporada aquella tan desprestigiada como es la de ser “ama de casa”. ¿Quién no ha pasado también por esa fase?. Y sin embargo, ya de adultos, no la vemos como una tarea tan atractiva, sino más bien tediosa. Pero entonces resultaba tan fácil y divertido… Todas las tareas consistían en lavar mi plato y mi vaso, o poner la mesa, o secar los platos de la vajilla. De esa manera, me convencía a mi misma de lo fácil que resultaba aquello.

Así pues, cuando estaba en el pueblo, habituaba de vez en cuando a mirar en el balde de ropa sucia para ver si encontraba alguna prenda no demasiado grande e ir corriendo con ella y la pastilla de jabón Chimbo al lavadero vecinal. Entonces, sola o acompañada de alguna vecina, empezaba a lavar aquella prenda “robada” a escondidas de mi abuela. Alguna vez me vi en algún apuro, como cuando se me resbalaba al fondo del lavadero la pastilla de jabón. Entonces corría al portal de casa a coger el rastrillo con el que, a tientas, iba “rastreando” el fondo del lavadero por donde calculaba había caído mi preciado tesoro. Dependiendo del tamaño de la pastilla (si ésta era nueva o estaba más o menos gastada), esto podía ser un tanto laborioso. En otras ocasiones, era alguna vecina quien me pedía que le “atrapase” la pastilla, (la cual, si no eras rápida en ello, enseguida se iba deshaciendo), o alguna prenda de ropa que se había sumergido hasta el fondo.

En algunas de esas ocasiones, los turistas nos hacían fotos atraídos por tal faena realizada en tan singular lugar. Al fin y al cabo, no se veían muchos lavaderos tan típicos como aquel. A algunas vecinas no les hacía demasiada gracia ser fotografiadas ante la perspectiva de poder ser expuestas en algún medio público, como en más de una vez sucedió. Yo, en cambio, posaba para la cámara simulando estar enfrascada en tan ardua tarea. Y día tras día, regresaba al lavadero en busca de alguna pequeña prenda que restregar; o me subía a una de las pilas para escalar hasta el ventanal que daba al bebedero donde alguna vaca había acudido a saciar su sed. Y allí sigue impertérrito, viendo el tiempo pasar, el lavadero de mi infancia.

“Las tareas de casa hechas con una sonrisa no son tan malas. Dibuja la tuya.”

– Anónimo

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Soberbia

Recuerdo lo que me sucedió aquel día en el que, estando de baja, fui a llevar el parte médico a la empresa. Y no es que imaginase que aquella iba a ser la única ocasión en que me sucediese algo así, pues si ya antes me había ocurrido, ésta tampoco sería la última. Pero aún hoy lo recuerdo con tanta nitidez como si hubiese sido ayer. E imagino que, debido al ejemplo que he recibido de mis padres, será algo que siempre tenga en la memoria.

Y es que yo, mujer menuda donde las haya y con estudios de Grado Medio como otr@ cualquiera, no me considero ni más ni menos que nadie.

Bueno, aquí he tenido que hacer una pausa debido a que mi cabeza no ha parado de darle vueltas al hecho de si esto que acabo de afirmar es cierto o no; y es que digamos que sólo lo es al 50%. Y me gustaría poder decir que el motivo no es otro que mi gran autoestima, pero aquí ya empezaría a tener otro problema como sería la mentira. Así que, para ser sincera, mi autoestima deja mucho que desear. Y es que cada día me pongo mi coraza para comerme el mundo, sólo en “defensa propia” con el fin de que no sea yo el alimento.

Así es como, con un poco de envidia o sorpresa (según el caso y el grado) veo como alguna gente a mi alrededor cree firmemente que el mundo gira con su ombligo como epicentro.

Y, volviendo al caso que empecé relatando, sucedió que, en una de esas ocasiones, me encontré en la entrada a uno de los chicos de mantenimiento ocupado en sus labores. Amablemente, me preguntó por cómo me encontraba y entablamos una conversación. En la despedida, nos dimos un abrazo afectuoso y cada uno emprendió de nuevo su camino. Ya en el departamento de personal, comenté que había estado hablando con Mario, a lo que la administrativa me dirigió una mirada de sorpresa. Según ella, no había ningún Mario en la empresa. Ante mi insistencia, preguntó a su compañera, quien reafirmó su contestación. Fue entonces cuando empecé a sentirme muy insegura, pues durante años había estado llamándole así y nunca me había advertido de mi supuesto error. Entre un poco de inseguridad y otro tanto de vergüenza, les pregunté entonces por el nombre del chico de mantenimiento. ¡Ah, Mario, el obrero! ¿Tú hablas con los obreros?. – Me preguntó con sorpresa.

Aún hoy lo recuerdo con tristeza e incredulidad. Me di cuenta de que, simplemente por ser los empleados de mantenimiento, estaban desterrados a otra clase social, a algún eslabón inferior, cuando ellas eran simples administrativas. Por si a alguien le queda la duda de cuál fue mi contestación, he de decir que no hubo ninguna. Fue tal mi asombro que no encontré palabra adecuada en mi cabeza que pudiese estar a la altura de semejante pregunta.

Y es que, en realidad, a estas alturas ya debería de estar curada de espanto en lo que a esta cuestión se refiere, pues fue en otra época, no tan remota como yo quisiera, en la que el eslabón perdido era yo. Por aquel entonces, día tras día, mi jefa me hacía saber su opinión acerca de mi apariencia física o mi inteligencia. Después de un año, y en un momento de muy baja autoestima, me di cuenta de que de alguna manera, empezaba a tener razón. Mi apariencia física y mi inteligencia empezaban a mermar a medida que pasaba el tiempo en aquel lugar, así que presenté mi dimisión. Pero, por muy increíble que pueda parecer, a un@ siempre le queda alguna remota posibilidad de encontrarse de nuevo con una de esas personas que llevan la soberbia por bandera.

Mi consejo: ¡CORRAN!

“La soberbia es una discapacidad que suele afectar a Pobres Infelices Mortales, que se encuentran de golpe con una miserable cuota de Poder.”
– José de San Martín

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La tienda

Mi padre tuvo un Bar-Ultramarinos durante casi cincuenta años, por lo que esa es otra referencia que me queda desde que tengo uso de razón. Aún me quedan muchísimos recuerdos de ese lugar. Jornada a jornada y año tras año, mi padre se levantaba a las seis de la mañana para ir a un mercado para autónomos donde solía comprar la fruta y la verdura. En cuanto a mí, todos los días, cuando salía a mediodía del colegio, pasaba por allí para darle un beso a mi padre e ir con mi madre a casa a comer. Solía haber mucha gente a esa hora, pues lo clientes de siempre iban a tomar los vermuts y los blancos. Mi padre los agasajaba con pinchos de embutidos, pasando la bandeja por la barra y por las distintas mesas donde los asiduos jugaban a los dados. En esos momentos ajetreados, yo disfrutaba en la calle de algún juego en solitario mientras esperaba la llamada de mi madre para ir a comer.

Cada día mi madre y yo comíamos juntas, mientras mi hermana aún no había regresado del instituto y mi padre, en un ir y venir sirviendo a la clientela, confiaba en que no se retrasase mucho el “relevo” para poder tomarse un merecido descanso.

Después de comer, regresábamos al bar y mi padre ya estaba sirviendo los cafés (en algunos casos acompañados de copa y puro), mientras varios clientes ya habían comenzado la partida diaria. Entretanto, yo le pedía cinco pesetas para comprar alguna chuche en el kiosco del colegio, que si bien en la tienda disponía de un gran surtido, siempre había alguna con la que mi padre no había contado (entre ellas, los chupachups de kojak).

Terminada la jornada escolar, y antes de ir a casa y ponerme con las tareas escolares, regresaba de nuevo a la tienda y, después del gran abrazo a mis padres, me solía sentar con algún cliente apartado en la última mesa del rincón y jugábamos a ver quién sacaba la carta más alta o sumaba más puntos a los dados.

Los fines de semana eran especiales, pues podía ir por la mañana a la tienda y disfrutar viendo cómo las mujeres hacían la compra diaria. La aguja de aquella vieja báscula no hacía más que moverse de un lado a otro, mientras que yo me sorprendía de la agilidad con la que mis padres hacían los cálculos mentales. Así, iban pasando una clienta tras otra hasta bien superado el mediodía, entre compras de barras de pan, frutas, verduras, embutidos, yogures o productos de limpieza. Tal era mi embelesamiento ante tal trajín, que recuerdo subir un día a casa de una vecina y preguntarle que, si necesitaba hacer alguna compra, yo le iría encantada a por el recado. Así, con la lista en una mano y dinero en la otra, me puse a hacer cola en la tienda de mi padre. Él, imaginando que estaba allí de pie tan sólo observando, (como habitualmente solía hacer), no se percató de mis intenciones; pero al terminar con una clienta pedí el turno. Aún recuerdo a la perfección la carcajada que soltó, y pensando que era una broma, contesté: “¡Que me lo ha encargado Adelaida”!. Fue entonces cuando, por primera vez, vi a mi padre y a su báscula desde el otro lado. Por un momento me sentí feliz, una “chica mayor” que iba a hacer los recados. Yo hacía el pedido y la báscula no dejaba de mover el péndulo: “Un kilo de naranjas, un kilo de melocotones….”. Al terminar la compra, con la bolsa bien agarrada en una mano y la vuelta en la otra, subí la empinada cuesta hasta la casa de Adelaida quien, con una gran sonrisa, me agradecía haber tenido ese detalle. Sin embargo, era yo la agradecida por haberme ayudado a “sentirme mayor” aunque sólo hubiese sido ocasionalmente.

Y así, en cada parte de mi memoria, en cada momento, en cada recuerdo, tengo a mis padres presentes.

“No me cabe concebir ninguna necesidad tan importante durante la infancia de una persona que la necesidad de sentirse protegido por un padre.”

– Sigmund Freud

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Capturando momentos

Hace unos años mi tía me regaló un álbum de fotos repleto de instantáneas mías capturadas a lo largo de mi vida. En la primera fotografía (tendría yo unos tres o cuatro meses), estaba en el regazo de mi madre. A partir de ahí, se sucedían por orden cronológico. Fotos en blanco y negro que con el tiempo daban paso al color. No me sorprendió el que tuviese tantas fotos mías. De hecho, la suya era la única cámara que había en la familia por aquellos años, por lo que ésta se guardaba como un tesoro. Cuando la sacaba de su seguro escondite, yo auguraba que ese sería un gran día. Fotos en la playa, la montaña, el río, aprendiendo a andar en bicicleta o una excursión a un sitio desconocido… En compañía de mi hermana a la sombra de un árbol, en una calleja del pueblo, en una huerta, mi comunión, cuando nacieron mis sobrinos… Cada una de ellas refleja la captura de un momento, un flashback al pasado, como un dejà vu.
Y, observando hoy cada una de esas fotografías, siempre intento rememorar el momento en que fue tomada, viendo tras la cámara a mi tía, quien una y otra vez nos corregía la postura, los gestos, tratando de que yo no mirase otra cosa que no fuese el objetivo.
Hace un tiempo me sentí atraída por el mundo de la fotografía, así que me compré mi primera cámara. Como mera aficionada, no salía de casa sin la cámara colgada al cuello, y disparaba sin ton ni son a cualquier cosa que me llamase la atención. A día de hoy, tengo almacenadas en mi PC cientos de imágenes capturadas en otros cientos de esos momentos, cuando quizás, inconscientemente, no quería dejar volar ni un solo instante. Y sin ser ni mucho menos artísticas, (no tienen más que el valor “incalculable” de haber sido tomadas por mí), las miro una y otra vez como si un ojo experto las hubiese captado. Las podría haber realizado cualquier otra persona, pero fue únicamente mi dedo quien presionó el botón e inmortalizó justo ese momento. El sol poniéndose por el horizonte, la calma del mar, decenas de balcones llenos de ropa blanca tendida al sol y coloreados por una gran variedad de flores…
Pero, por muy hermosa que pudiera parecer cualquiera de ellas, siempre estaba mi mirada escrutadora que, con una visualización milimétrica, hallaba cualquier atisbo de imperfección. Esto me hacía volver a repetirla una y otra vez. Pero, en vez de verlo como un castigo, lo veía como una nueva oportunidad de practicar mi recién descubierto hobby. Y a su vez repetir ese paseo hasta la playa y retratar el romper de las olas, volver a las marismas y captar la bandada de pájaros que regresa a su refugio o la preciosidad de esa pequeña flor que se esconce tímida en el extenso prado. Pero a pesar de no ser más que una mera afición, aún no he hecho mi mejor fotografía, aquella en la que, al mirarla, pueda decir: “Esto es justo lo que quise captar”.

“¿Cuál de mis fotos es mi fotografía preferida? Una que voy a hacer mañana.”
– Imogen Cunningham (Fotógrafa)

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Amistad en la distancia

A menudo pasamos por procesos vitales que, por diferentes motivos, nos hacen separarnos de nuestros seres queridos. La familia se distancia y los amigos simplemente parten a otros destinos. Son momentos en los que se juntan esos pequeños problemas con su inherente amiga la soledad. Pero es entonces cuando no podemos estancarnos en esa situación; más al contrario, deberemos luchar y poner todo de nuestra parte para que eso cambie. Nadie dijo que eso fuese fácil, pero tampoco que fuese imposible.

Y esto es mucho más gratificante cuando las dificultades se soslayan con mucho tiempo de trabajo personal y las amistades aparecen sin haberlas esperado. Te encuentras con un “Me gusta” seguido de algún comentario en un relato; continúa con mi agradecimiento y una visita al trabajo de mi compañer@ bloguer@, y con el tiempo te das cuenta de la importancia que cobra para nosotros mismos la gran afición que nos une, la escritura. Paradójicamente, el gran océano que en algunos casos nos separa se vuelve intrascendente cuando se trata de ofrecer algo tan pequeño, y a la vez tan grande como es la amistad. Hacer saber al otro que estás ahí, que valoras su trabajo, que no importa el tiempo ni la distancia. Que lo más probable es que nunca lleguemos a conocernos, pero que eso no será impedimento para continuar el contacto. Porque este mundo que es internet quiso que nuestros destinos se cruzaran en algún punto de ese inmenso océano, como dos barcos a la deriva que se encuentran tras un largo tiempo vislumbrando únicamente el horizonte.

¿Y qué más da la distancia, el tiempo, el idioma o la cultura?. La verdadera amistad se encuentra cuando dos almas al viento chocan en plena tormenta de la vida y a partir de ahí, uno siempre tiene el apoyo del otro.

Nuestra amistad es “novata”, apenas tiene la misma edad que nuestra inmersión en este nuevo mundo, y quizás estos mares nos lleven por tormentas y calmas, frío o sol inclemente, pero eso ahora no importa. Lo único que interesa ahora es celebrar cada una de esas amistades que me he ido encontrando en este camino a cambio de nada, o simplemente a cambio de detenerme en sus palabras, esconderme tras ellas, identificarme o no con lo que expresan, pero siempre elogiando cada uno de los textos que lanzan al viento esperando que alguien los lea.

Dedicado a tod@s mis amig@s bloguer@s, en especial a P.R.Cunha

 

“Un verdadero amigo es aquel que llega cuando todos se han ido.”

– Albert Camus

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Para ti, mamá

Hoy es tu día y sin embargo, pasará como otro cualquiera. Siempre ha sido así, somos personas de costumbres. Pero a pesar de ello, ahora que tengo este medio para hacerme llegar a lugares remotos, he querido plasmar en estas frases lo que significas para mí. Y créeme si te digo que, a pesar de las dificultades por las que hayamos tenido que transitar, este reto no es tan fácil como pareciera. ¿Cómo resumir en un relato toda una vida sin dejarme nada suelto? Así pues, intentaré concretar en unas líneas que, sin tu ayuda y perseverancia, nunca hubiese llegado donde estoy hoy.

Y es que, hace poco más de cuarenta y cinco años que llegué al mundo, y ya auguré de alguna manera que sería una chica “guerrera”.

Años antes ya habías sentido las dobleces de la vida. Nada más casaros papá y tú (allá por Agosto del 65), emprendisteis viaje hacia tierras extranjeras en busca de un futuro mejor, como la mayoría de la gente de aquella época. El idioma y la añoranza no fueron obstáculos fáciles de salvar, pero no obstante, quedaban muchos sueños que realizar y todo un futuro que construir por delante.

A los pocos meses y ya establecidos en el país de los tulipanes, quedaste embarazada y, debido a las molestias propias de tal estado, regresaste al hogar familiar dejando allí al futuro padre. Una nueva vida venía de camino, y había que aprovechar cualquier buena racha que permitiese alquilar una habitación, comprar un colchón y alimentar a una nueva criatura. Poco antes de dar a luz, papá regresó de aquel país que bien le acogió y emprendisteis juntos una nueva etapa. Para ello, tendríais que emigrar de nuevo de aquella tierra que, si bien os había visto nacer y la partida fue dura, no tenía más futuro que la dedicación al duro trabajo de la ganadería. Así fue como os establecisteis definitivamente a las afueras de la capital e invertisteis todos vuestros ahorros. Una apuesta que no era segura, ya que nadie sabía qué pasaría; un riesgo que, sin duda alguna, valió la pena correr. Pusisteis todo vuestro empeño en que aquel pequeño negocio bar-ultramarinos siguiese adelante tras la jubilación de su anterior propietario. Y así empezaríais vuestra verdadera vida en común, lejos de vuestras familias, con una niña recién nacida y con un negocio al que atender sin horarios ni días festivos.

Pasaron los años y el destino quiso que naciese yo, no sin dar guerra, como ya he dicho anteriormente. Y es que soy Aries, (dicen que nos caracterizamos por ser rebeldes), así que nada más llegar al mundo di a conocer mi carácter y mis ganas de luchar.

Así, el tiempo iba transcurriendo no exento de las experiencias duras de toda una vida. Una nueva inversión en la primera vivienda familiar, dos niñas pequeñas a las que sacar adelante y un negocio que casi exigía la mayor parte de las horas del día. A pesar de todo el trabajo y sacrificio empleado para seguir adelante, siempre os considerasteis afortunados; y siempre teníais tiempo para nosotras, vuestras hijas. Bien es cierto que el negocio lo facilitaba, pues pasábamos muchas horas jugando a su puerta, por lo que puedo considerarme dichosa de haber podido disfrutar de vuestra compañía cuando lo requerí, fuese la hora que fuese.

Y así se fueron marchitando los años, con pérdidas irreparables que se quedaron en el camino. El abuelo, la abuela, papá o tú querido hermano… Y cada pérdida dejó un vacío, una herida en el corazón, una fisura en el alma. Pero la vida es así, y guardaste tu dolor cual ladrón guarda su tesoro. Y aún así, el destino querría ponerte más a prueba, y llegó en forma de mi enfermedad; y no te rendiste. Y tú, junto con otras personas que llevo en mi corazón, te hiciste la fuerte, no permitiendo incluso que yo cayese en la desesperanza. Porque si algo has demostrado, mamá, además de tu amor incondicional, ha sido tu gran fortaleza ante las adversidades. Y si hoy, tras tantos años de sufrimiento, estoy recuperándome, en parte es “culpa” tuya. Porque no me dejaste caer; fuiste mis fuerzas cuando a mí ya no me quedaban; mi esperanza cuando la mía se había quedado por el camino, mi motor cuando me encontraba realmente agotada, y vida cuando creí que la mía se apagaba.

Por todo ello, mamá, no sé cómo darte las gracias, de qué manera encontrar una recompensa a tanto sufrimiento. Aunque sé a ciencia cierta que, como cualquier otra madre, lo volverías a hacer aún si te quedasen mil vidas por latir.

Hoy es tu día, pero ¿por qué no celebrarlo todo el año…?

Te quiero mamá.

“El ejemplo tiene más fuerza que las reglas.”
– Nikolái Vasílievich Gogol

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